“Pies morenos sobre piedras de sal”
Una francesa espera en un
desolado cruce de cuatro caminos mientras se ve reflejada en el ojo muerto de
un animal muerto. Está en la Guajira y busca a su marido, un colombiano
asentado en Francia hace años que decidió devolverse a su país para recorrer
las rutas de sal en bicicleta; pero desde que emprendió su viaje -más
espiritual que turístico- nadie sabe nada de él. Su esposa francesa lo busca en
un mundo absolutamente extraño para ella: el aire seco, la atmósfera abúlica,
la geografía desvalida, precaria, estéril; el idioma Wayú, la comida salada, todo
es desconocido, contrastante, incluso bárbaro si se mira a través de sus ojos
rubios. De esto va la historia de “Pies morenos sobre piedras de sal”. Éste es
su cuentico medular. Sin embargo, la dramaturgia no es aristotélica en el
sentido más estricto. Otras historias se encuentran para habitar este cruce de caminos; entre esas, la de la dramaturga
colombiana y el músico argentino que desde la distancia (¿tal vez Skype?) construyen
la trama de la obra, la historia de la francesa y de los demás personajes. Con
esta nueva capa metateatral y autocrítca, el espectáculo se torna híbrido,
mezcla de drama y ensayo, posicionando el proceso creativo de la obra al nivel
de espectáculo.
Hablar de un trabajo así, tan complejo como hermoso y tan lleno de aristas, no está siendo nada fácil. ¿Por dónde agarro este toro? Amo la dramaturgia, así que intentaré tomarlo de ese lado y ya vemos qué pasa… Una cosa sobre las demás me llama la atención del texto: la dramaturgia de “Pies morenos sobre piedras de sal” hace caso omiso de la tradición dramatúrgica de explicar lo necesario. En esta obra se dice menos de lo necesario, e incluso a veces se oculta, se opaca o se corta. La anécdota de la francesa nos engancha a los espectadores con la expectativa de su viaje (¿logrará encontrar a su marido en el desierto?), pero sobre todo sirve de telón de fondo donde los compositores de este drama reúnen dos mundos contrarios. En este sentido, “Pies morenos sobre piedras de sal” no responde preguntas, sino que fecundiza el terreno para hacerlas. La dramaturga y el músico (el paisaje sonoro es sustancia esencial de esta historia) llegan a sus propios límites estéticos, y se confrontan éticamente con el acto poético de crear. Por un momento, el músico confiesa que no puede, que no sabe qué sonido hacer para la imagen perturbadora de una niña violada.
Al terminar la obra, salí a
montar bicicleta un rato y ordenar mis ideas. Tuve una ocurrencia que tal vez
se vea descabellada en un escrito así. Pensaba que esta forma de producción de
discurso podría equipararse en cine a las películas de Godard. Los mecanismos
autoreferenciales se parecen, mezclando el ensayo, la literatura, la asociación
sensual y polivalente del sonido con ideas e imágenes, con preguntas éticas y
estéticas; y la actitud desafiante y constructiva de los artistas ante las
formas tradicionales de hacer teatro.
Hay sin embargo una diferencia imposible de corresponder. Los mecanismos
de autocrítica en Godard son, como decía Sontag, festivos, juguetones e
impertinentes. En “Pies morenos sobre piedras de sal” en cambio, están
permeados por la nostalgia del ido, y la tragedia de un pueblo marcado por la
indiferencia, y el asolador paso del conflicto sobre él. La Guajira es una niña
loca con una sed incontrolable, un afiche derruido de un político con el
eslogan “el progreso comienza contigo”, una Wayú mística e incomprendida, un
vigilante hostigado por los calores, un terreno yermo que sólo cosecha botellas
de plásticos.
24 de febrero de 2020
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