“HERMANOS”
UNA OBRA QUE HACE JAQUE
“Uno sale afectado.
Uno no entiende al principio por qué
y se queda como procesando esto un montón de tiempo
(…) este tipo de teatro y estas piezas
son las que se quedan con uno toda la vida (…)”.
Juana del Río, espectadora
de la obra.
Hermanos, la última obra de teatro de La Navaja de Okham
(LNO) y La Compañía Nacional de la Artes (CNA), no termina de cerrar el telón.
Más allá de su temporada y sus aplausos, la tragedia que Miguel y Lucas deben
acarrear con su hermano Carlos, no ha parado de hacer estragos dentro de muchos
de los que fuimos testigos de la catástrofe en el desván de la casa de Poesía
Silva.
Sabemos que el teatro es efímero, pero la expectación de una
obra como Hermanos matiza esta obviedad. El acontecimiento teatral es efímero,
sin duda, pero el fenómeno de cada obra, no. Por eso hoy, a más de un mes de
haberla visto, esta tragedia todavía orbita en mi memoria y habita en mi cuerpo
como un virus que activa sus síntomas en los momentos más inesperados de la
vida.
En sus clases, la teatróloga Didanwee Kent nos decía que la
obras de teatro dejan en nuestra experiencia vivida “repercusiones” a través de
sus “resonancias”, lo que me hace pensar que Hermanos no sólo es una buena obra
por la calidad técnica de su ejecución, sino por las altas “resonancias” y
“repercusiones” que suscita más allá de su tiempo y espacio de representación.
Por mi parte, tengo una inquisitiva necesidad de hablar sobre ella, de
aprehenderla desde el lenguaje, de desperdigar palabras como semillas en el
campo fértil de su inefabilidad, lo cual hace de este escrito una quijotada, al
tratar en el de decir lo indecible, de comunicar si no lo incomunicable de esta
obra, por lo menos sí mi experiencia con esa parte de ella.
Las maneras hegemónicas de escribir drama nos han enseñado
una forma obtusa de verlo como la mera traducción de una idea: “aquello
significa tal cosa.” “Tal cosa hace referencia a tal otra…” como si todo el
tiempo, las películas o el teatro estuvieran necesitando ser traducidos en un
axioma, lema, insight, tagline o incluso slogan. Yo creo como Usigli que hay
obras que parten de tesis, y hay tesis a las que se llega con una obra. Las
primeras acotan la fábula hacia una única dirección racional, comprueban un
axioma, “dejan un mensaje” o moraleja, como pasa con el teatro político o el
didactismo de las malas ficciones infantiles. Las segundas, en cambio, empujan
la acción hacia una zona oscura de preguntas, donde el espectador no tiene de
otra que llevárselas a la casa, a la calle, a la vida, y rumiarlas como las
vacas. Las primeras traducen una proposición lingüística en acción, o incluso,
si lo ven necesario, sus autores usurpan a sus personajes al final del primer
acto o en el desenlace para hacerles decir su “tema o lema”, como ocurre en
tanto cine Noir, cuando al final de la película, por orden de producción, un
policía tiene que decir ante cámara: “el crimen no paga”. Las primeras son
historias de resultado, que se presentan terminadas, culminadas ante el espectador;
mientras que las segundas necesitan del espectador para culminarse; por lo
mismo, las primeras son placenteras, consumo empaquetado, comida rápida o sopas
de Oxxo; mientras las segundas son banquetes que se tienen que digerir mejor y
cocinar con cuidado y en equipo, todos como creadores, tanto artistas como
espectadores. Las primeras son flojas en intensidad, las segundas resuenan con
potencia, quedan como una energía, una fuerza que impacta, una onda dentro de
uno. Las primeras tranquilizan, dando una idea que solo hay que aprehender o
recibir, así que uno sale tranquilo de la función con la certeza de que
“entendió el mensaje”, mientras las segundas frustran, “percuten” como diría mi
profesora Didanwee. Del tipo de estas segundas es, precisamente, Hermanos; una
obra que incomoda, que ofrece un goce que mina la integridad moral, estética,
política, ética e incluso la ciudadanía del espectador. Hermanos es intensa y
es sísmica, fricciona las placas tectónicas del alma, agrietándole sus viejas
construcciones; y es en esta frustración, en esta incomodidad, donde radica su
persistencia. Por eso hoy me pregunto ¿por qué no puedo culminar Hermanos? ¿Por
qué no puedo cerrar el ciclo y pasar la página? ¿por qué la obra me sigue
hablando aún un mes después? ¿Por qué me empuja a varias direcciones, picando
en la nuca como el Tábano de Io? ¿Por qué sigo con Hermanos en esta especie de
relación tóxica y no pasa lo mismo con otras obras que he visto? ¿Por qué con esas
otras obras he terminado orgánicamente nuestra relación, sin duelos ni reclamos,
sin preguntas ni círculos viciosos y con esta no? En todo caso, mi única
estrategia viable para salir de este jaque es escribir.
La primera pregunta que me suscitó mi experiencia de la obra,
es sobre la relación que uno entabla con el victimario. En esta tragedia se
llama Carlos, y es el hermano del medio. Déjenme contarles un poco de él: “Carlos”,
según Wikipedia, significa “hombre libre”, pero a este Carlos preferiría
adjudicarle el mote de libertino. Este hermano tiene una pulsión por arruinarlo
todo, es un maremoto que destroza y arrastra consigo lo que se le presenta en
el camino. Carlos comete un crimen absolutamente atroz y deplorable. Sin duda,
si leyéramos un aviso de prensa que informe a rajatabla su crimen, lo repeleríamos,
lo insultaríamos, destrozaríamos su nombre en redes sociales, lo
identificaríamos inmediatamente con un monstruo. Pero ¿por qué no tenemos esos
impulsos aquí? ¿Por qué nuestra reacción ante él no es la de ¡quémenlo vivo!?
¿Por qué nos fascina y confronta, si de antemano sabemos que él es el
victimario?
La clave está en su humanidad, de la que lo dota no sólo un
estupendo actor, sino una dramaturgia que se encarga de trazarlo en cuatro
dimensiones, volviéndolo un personaje absolutamente complejo. Cuando conocemos
su vida, su crianza, el castigo del que fue víctima, la modulación conductual
que ejerció su padre sobre él, no lo justificamos ni lo perdonamos, por supuesto
que no, pero lo comenzamos a contemplar con todo el rigor del alma, desde nuestro
intelecto, nuestras emociones y afectos, que es lo que el espectador pone en
práctica cuando asiste al teatro. En este sentido la obra es perversa,
revolucionaria y atrevida, sobre todo teniendo en cuenta el contexto en el que
se presenta: un país herido que ha debido negociar con los victimarios y tramitar
sus traumas con el escaso contenido artístico que llega a los ciudadanos, no
por falta de creatividad, sino de condiciones sociales para que el arte se
extienda a lo largo y ancho de la nación. En un país así, en un ambiente así,
es más fácil, viable, incluso seguro para nuestro confort moral y ciudadano
lanzar la piedra como Moncho a su profesor en la Lengua de las Mariposas, en
una de las escenas del cine más conmovedoras sobre la alienación social. En
cierto sentido, la buena intención de quemar la bruja nos aliena del lado de
los buenos y siempre, no nos digamos mentiras, es más fácil estar del lado de
los buenos. Pero el trabajo del artista, igual que de los intelectuales, no es
señalar ni trazar clasificaciones maniqueas, sino complejizar al prójimo,
correr los velos del misterio humano para verlo en su desnudez y recordarnos,
cuéstenos o no, que el asesino también es el prójimo, que ese otro monstruoso
también es humano, y por siguiente, que en él me puedo entender y sentir a mí.
¿O quién sería tan soberbio de decir que no tiene nada de Carlos como de
Ricardo III, de Yago o del hijo de Nawal en Incendios? La diferencia entre un
villano melodramático y un personaje abyecto trágico está en la humanidad, y en
la vulnerabilidad que reconocemos (y nos reconocemos) en él. Sin embargo, no
sobra aclarar que nuestro foco de identificación son los otros dos hermanos:
Miguel y Lucas. Es decir: contemplamos a Carlos y nos identificamos con Miguel
y Lucas, descubriéndolo a través de ellos.
En la dupla Víctima/Victimario, Hermanos se inmiscuye en el
espacio que hay entre ambas definiciones, la frontera que une y separa a la vez
a la víctima del victimario, ese “/” que yo mismo uso para separarlos
caligráficamente, y que viéndolo en la pantalla de mi computador me hace pensar
en una zanja negra, un camino oscuro. Es en ese espacio de incertidumbre, en
esa frontera carente de luz para definir las formas, donde Hermanos planta el
problema. Desde esa zona gris se hace las preguntas esenciales de su historia y
su puesta en escena, allí donde el victimario también tiene un revés de víctima
que, claro, no es equivalente a la atrocidad de su crimen ni tampoco lo
justifica, insisto, pero sí lo vuelve más complejo y revela, de paso, la
disfuncionalidad de unas dinámicas familiares que de alguna manera fueron
causantes, entre otras muchas cosas, del horror.
Esta apuesta de LNO y CNA no sólo es humanista y humanitaria,
sino política, subversiva y pertinaz. Aquí ya no se trata de juzgar ni de hacer
de la obra un tribunal (como hizo la directora en su anterior montaje Edipo o
el Crimen), no se denuncia ni se señala: aquel es el que merece el castigo y
aquel la reivindicación, no. Con Carlos, Hermanos nos exige una mirada
distanciada del verdugo, una mirada respetuosa, horizontal y cívica. Ahora el
espectador no está en una altura donde dicta cómodamente quién es el bueno o el
malo, sino que ambos, personaje y persona, estamos incómodamente al mismo
nivel: el de la humanidad, y en esta condición nos reconocemos vulnerables. En
ese sentido es muy valiosa la bifrontalidad de la obra, que nos pone a lado y
lado de esta tragedia. Esta bifrontalidad, sin embargo, se transforma. Curiosamente,
cuando los personajes se sientan entre nosotros, dejamos de ser un pasillo para
volvernos, tanto espectadores como personajes, en un anillo de mirones, reforzando
así nuestra igualdad. Esta disposición espacial armoniza con la distancia de la
que hablé arriba, la que hay entre nosotros y los personajes, que nos iguala en
términos de humanidad, y cumple su función estética en el desenlace final,
cuando los personajes tienen que deliberar sobre su destino, construir su
propio Fatum. En este momento
crucial, la obra nos ha llevado suceso tras suceso al culmen de nuestra función
crítica. Nos hemos identificado tanto con Lucas y Miguel, viajando a su lado y
descubriendo parte por parte esta tragedia, que terminamos embaucados en un si condicional donde nosotros también
tenemos que deliberar. Por eso, una de las preguntas con las que salimos de la
función, en las conversaciones de cerveza, es “¿y usted qué habría hecho si
fuera su hermano?” En este momento el sistema Hegeliano de tesis y antítesis
nos empuja a la síntesis, completándose triunfal gracias la elaboración de dos posturas
igualmente válidas en el nivel de catástrofe, que por lo mismo se anulan
mutuamente. En la última réplica de Carlos, cuando se apunta con el revólver en
la sien y le pregunta a Miguel ¿qué hacer?, no sólo Miguel es Miguel, todos
somos Miguel desde nuestra posición de espectadores deliberantes. ¿Qué
deberíamos decirle a Carlos si fuera nuestro hermano? O ¿Qué debería Miguel pedirle a Carlos? Es
decir, tratamos de entender a los personajes desde nosotros, y a nosotros desde
el personaje, en un movimiento que supera la expectación intelectual, y que
hace de Hermanos una obra con una tremenda contundencia política y moral que
acorrala minuto a minuto nuestra imaginación empática para obligarla a realizar
una evaluación compasiva de semejante situación tan aberrante, dolorosa,
incómoda y sobre todo trágica.
La decisión trágica es una decisión superior, de
consecuencias superiores. Afortunadamente esto es teatro y no la realidad. O
mejor aún, afortunadamente está el teatro para ejercitar estas deliberaciones
antes de ponerlas en práctica en la realidad. Es apenas entendible que la obra
siga “repercutiendo” más allá de la función. La encrucijada ética, como dije
arriba, sólo nos deja una opción: hablar entre nosotros de lo que vimos, comparar
nuestras experiencias, nuestras emociones, sentimientos y racionamientos; hacerle
una evaluación ética a la ética misma. Somos críticos en este sentido. Se nos
apela en nuestra condición de ciudadanos.
Con lo dicho hasta aquí, vale la pena apuntar que Hermanos
es una obra que con-mueve, y no lo digo en el sentido barato de que “enternece”
o nos hace “llorar”, sino en el sentido más cabal de la palabra y sus raíces.
Hermanos conmueve porque inquieta, mueve, impulsa y excita algo de nosotros que
no se reduce a los meros sentimientos. Puede incluso enfurecernos o hacernos
com-padecer (como compadecemos a Miguel en su decisión final). Curioso que el
prefijo “Com” o “con” (confrontar, compadecer, conflicto, compenetrar,
contrariar, etc) significa “juntos”. Así, padecemos junto a los hermanos que
deben lidiar con el error de la oveja negra de la familia, el monstruo que a
pesar de todo no lo es, ese prójimo embestido de criminal que por ello no deja
de ser un continente de humanidad.
Por otra parte, la obra logra un efecto clave para la ficción:
hacernos preguntar por las posibilidades.
Por eso es importante contradecir aquí lo que he leído en otros comentarios
sobre Hermanos, y es que la obra trata sobre el horror de lo ocurrido con Yuliana
Samboní. Esta obra no trata del crimen de Yuliana, ni tampoco es una
dramaturgia histórica. Es ficción. Pura y dura. No hace recuentos o hipótesis
sobre algo que ocurrió sino sobre algo que podría ocurrir, que existe la
posibilidad de que ocurra en nuestras familias. No digo que una cosa sea mejor
que otra. Hemos visto en nuestros teatros obras que tratan tragedias nacionales
recientes con dignidad y belleza, pero en Hermanos la mirada no es
retrospectiva, sino prospectiva. No hay un suceso real anterior para entender,
sino un futuro de infinitas posibilidades que nos invita a comprender, aunque
nunca lo logremos, aunque nos frustremos en el intento, aunque nos duela ese si
imaginario que nos situaciona en un ¿qué haría yo si fuera mi hermano el que hiciera
esto? Otra de las razones que encuentro por la que tal vez seguimos pensando
esta obra más allá de sus funciones.
Ha sido difícil el verme obligado a sacar del tintero otras
cosas interesantes de esta obra para escribir. Pero ¿qué le hacemos? Cada
decisión implica violencia y esta no iba a ser la excepción. En todo caso, como
debo cuidar la extensión de esta crítica, me veo obligado a desechar varios
temas que también son muy pero muy interesantes. Y es que eso tienen las buenas
obras: que dan para hablar y hablar y hablar de ellas. Sin embargo, trataré de
reivindicarme con esos temas dejándolos anunciados, a ver si más adelante me
animo a reflexionar sobre cada uno de ellos.
Por ejemplo, me parece de una carne exquisita el tema del fuera de campo
en la obra, lo que queda en off, como la violencia, pero también los personajes
que no están presentes, entre ellos La Madre, que a mi juicio es la gran
antagonista de Hermanos. Es usual que hablemos de nuestra pulsión edípica de
matar al padre, pero ¿qué pasa cuando a la que hay que matar es a la madre? En
Hermanos el padre está literalmente muerto, de hecho sus hijos vienen del
funeral, pero la madre sigue condicionando la catástrofe desde la cama de un
hospital, y a una madre no se le mata, todavía no hemos sido preparados para
ello, ni estos hermanos aún son lo suficiente adultos para hacerlo.
Otro tema que me queda en el tintero es el de la familia. En
un país supremamente tradicional y añejo en cuanto a este tópico, Hermanos
entra a deshonrar a padre y madre sin reparo, minando de paso los pilares de
una idea errónea sobre lo familiar. ¿A qué nos obliga compartir la sangre?
Finalmente, también estuve a nada de quedarme analizando el
texto en sí mismo, a parte de su puesta en escena, por parecerme de una riqueza
brutal, con una enorme y prospera tradición dramatúrgica reunida en su ADN.
Sin duda, una de las mejores apuestas de los últimos años en
el teatro de nuestra ciudad.