miércoles, 21 de diciembre de 2022

Tiempos de Color Ocre, la pelea contra lo imposible.

 

Hace unos días tuve la oportunidad de ver Tiempos de Color Ocre, la obra escrita y dirigida por Camilo Casadiego y actuada por Yolanda Jimenez y Jorge Molano, dos actores consagrados al teatro durante años. Entonces pensé en la tragedia humana, tácita e inevitable, que es el tiempo. La puesta en escena ejecutada por ambos actores de la tercera edad plantea el problema de frente, desde un casting que tiene las marcas de su paso por ellos; los gestos faciales trazados por el cincel de los años, acentuados con un maquillaje un tanto expresionista, ponen en primer plano esa geografía del tiempo en que nos vamos transformando cada uno de nosotros.

 

El tiempo, gran antagonista de esta historia, sólo se puede combatir desde lo absurdo, lo disparatado y lo poético. De otra manera es imposible: no hay un cuerpo físico con el cuál darse trompadas en medio del hastío. Apenas un algo, sea lo que sea el tiempo, que no se puede tocar, pero que sí nos va moldeando en su acérrima avanzada. Así, la obra es una gran espera cargada de maneras de afrontarla como en Esperando a Godot de Beckett. Formas absurdas: mirar fotos, contemplar por la ventana, recibir a Miedo en la casa, crear frases con chispa o imaginarse algo de comer y comérselo. Pero todo es en el fondo una distracción contra aquello que sigue moviendo su engranaje en el mundo, en sus vidas, y en sus memorias.

 

Ahora bien, la mirada de estos creadores no es tan fatal como aparentan los primeros párrafos de este escrito. Las estrategias contra el tiempo de estos personajes están cargadas de un humor disparatado, incluso optimista, que hace que los espectadores se debatan entre la lágrima y la sonrisa, la ternura y la compasión. Somos testigos del último vestigio de la memoria de dos ancianos que se han quedado solos, y que se aferran a él con el ímpetu juvenil de dos niños. Juegan en esa rivera a punto de secarse. Pero el tiempo sigue corriendo, y con él las consecuencias fatales: la muerte y el olvido, ambas caras de una misma moneda.

 

Por otra parte, la obra afronta desde la periferia de la ficción y el sin sentido, el problema de la soledad de los viejos. ¿Qué ocurre allí? ¿Cuál es la lógica de esas almas longevas, que cada día – y sobre todo desde la pandemia – han ido estando más relegados de la esfera pública? La población mayor fue encerrada en la última habitación de las casas a ver la vida desde la ventana. Una población a la que sin duda, la carrera de la vida tal y como la percibimos hoy, con preceptos recién inaugurados en los que la velocidad, la cantidad y el consumo han se han ganado los primeros eslabones de nuestra escala de valores, cada vez las personas de la tercera edad, por su “inutilidad mercantil” se les ha ido arrojando a la espera del último suspiro. Tiempos de Color Ocre se vuelve en este sentido en un espacio de expresión de otra población marginada, donde recibimos todo un baño poético y potente de vida, por medio de - las más potentes todavía- actuaciones de dos actores con todo el teatro encima, que se juegan la vida, el amor y la memoria en el escenario. 




viernes, 6 de mayo de 2022

 

“HERMANOS”

UNA OBRA QUE HACE JAQUE

 

“Uno sale afectado.
Uno no entiende al principio por qué
y se queda como procesando esto un montón de tiempo
(…) este tipo de teatro y estas piezas
son las que se quedan con uno toda la vida (…)”.

Juana del Río, espectadora de la obra.

 

Hermanos, la última obra de teatro de La Navaja de Okham (LNO) y La Compañía Nacional de la Artes (CNA), no termina de cerrar el telón. Más allá de su temporada y sus aplausos, la tragedia que Miguel y Lucas deben acarrear con su hermano Carlos, no ha parado de hacer estragos dentro de muchos de los que fuimos testigos de la catástrofe en el desván de la casa de Poesía Silva.

Sabemos que el teatro es efímero, pero la expectación de una obra como Hermanos matiza esta obviedad. El acontecimiento teatral es efímero, sin duda, pero el fenómeno de cada obra, no. Por eso hoy, a más de un mes de haberla visto, esta tragedia todavía orbita en mi memoria y habita en mi cuerpo como un virus que activa sus síntomas en los momentos más inesperados de la vida.

En sus clases, la teatróloga Didanwee Kent nos decía que la obras de teatro dejan en nuestra experiencia vivida “repercusiones” a través de sus “resonancias”, lo que me hace pensar que Hermanos no sólo es una buena obra por la calidad técnica de su ejecución, sino por las altas “resonancias” y “repercusiones” que suscita más allá de su tiempo y espacio de representación. Por mi parte, tengo una inquisitiva necesidad de hablar sobre ella, de aprehenderla desde el lenguaje, de desperdigar palabras como semillas en el campo fértil de su inefabilidad, lo cual hace de este escrito una quijotada, al tratar en el de decir lo indecible, de comunicar si no lo incomunicable de esta obra, por lo menos sí mi experiencia con esa parte de ella.

Las maneras hegemónicas de escribir drama nos han enseñado una forma obtusa de verlo como la mera traducción de una idea: “aquello significa tal cosa.” “Tal cosa hace referencia a tal otra…” como si todo el tiempo, las películas o el teatro estuvieran necesitando ser traducidos en un axioma, lema, insight, tagline o incluso slogan. Yo creo como Usigli que hay obras que parten de tesis, y hay tesis a las que se llega con una obra. Las primeras acotan la fábula hacia una única dirección racional, comprueban un axioma, “dejan un mensaje” o moraleja, como pasa con el teatro político o el didactismo de las malas ficciones infantiles. Las segundas, en cambio, empujan la acción hacia una zona oscura de preguntas, donde el espectador no tiene de otra que llevárselas a la casa, a la calle, a la vida, y rumiarlas como las vacas. Las primeras traducen una proposición lingüística en acción, o incluso, si lo ven necesario, sus autores usurpan a sus personajes al final del primer acto o en el desenlace para hacerles decir su “tema o lema”, como ocurre en tanto cine Noir, cuando al final de la película, por orden de producción, un policía tiene que decir ante cámara: “el crimen no paga”. Las primeras son historias de resultado, que se presentan terminadas, culminadas ante el espectador; mientras que las segundas necesitan del espectador para culminarse; por lo mismo, las primeras son placenteras, consumo empaquetado, comida rápida o sopas de Oxxo; mientras las segundas son banquetes que se tienen que digerir mejor y cocinar con cuidado y en equipo, todos como creadores, tanto artistas como espectadores. Las primeras son flojas en intensidad, las segundas resuenan con potencia, quedan como una energía, una fuerza que impacta, una onda dentro de uno. Las primeras tranquilizan, dando una idea que solo hay que aprehender o recibir, así que uno sale tranquilo de la función con la certeza de que “entendió el mensaje”, mientras las segundas frustran, “percuten” como diría mi profesora Didanwee. Del tipo de estas segundas es, precisamente, Hermanos; una obra que incomoda, que ofrece un goce que mina la integridad moral, estética, política, ética e incluso la ciudadanía del espectador. Hermanos es intensa y es sísmica, fricciona las placas tectónicas del alma, agrietándole sus viejas construcciones; y es en esta frustración, en esta incomodidad, donde radica su persistencia. Por eso hoy me pregunto ¿por qué no puedo culminar Hermanos? ¿Por qué no puedo cerrar el ciclo y pasar la página? ¿por qué la obra me sigue hablando aún un mes después? ¿Por qué me empuja a varias direcciones, picando en la nuca como el Tábano de Io? ¿Por qué sigo con Hermanos en esta especie de relación tóxica y no pasa lo mismo con otras obras que he visto? ¿Por qué con esas otras obras he terminado orgánicamente nuestra relación, sin duelos ni reclamos, sin preguntas ni círculos viciosos y con esta no? En todo caso, mi única estrategia viable para salir de este jaque es escribir.

La primera pregunta que me suscitó mi experiencia de la obra, es sobre la relación que uno entabla con el victimario. En esta tragedia se llama Carlos, y es el hermano del medio.  Déjenme contarles un poco de él: “Carlos”, según Wikipedia, significa “hombre libre”, pero a este Carlos preferiría adjudicarle el mote de libertino. Este hermano tiene una pulsión por arruinarlo todo, es un maremoto que destroza y arrastra consigo lo que se le presenta en el camino. Carlos comete un crimen absolutamente atroz y deplorable. Sin duda, si leyéramos un aviso de prensa que informe a rajatabla su crimen, lo repeleríamos, lo insultaríamos, destrozaríamos su nombre en redes sociales, lo identificaríamos inmediatamente con un monstruo. Pero ¿por qué no tenemos esos impulsos aquí? ¿Por qué nuestra reacción ante él no es la de ¡quémenlo vivo!? ¿Por qué nos fascina y confronta, si de antemano sabemos que él es el victimario?

La clave está en su humanidad, de la que lo dota no sólo un estupendo actor, sino una dramaturgia que se encarga de trazarlo en cuatro dimensiones, volviéndolo un personaje absolutamente complejo. Cuando conocemos su vida, su crianza, el castigo del que fue víctima, la modulación conductual que ejerció su padre sobre él, no lo justificamos ni lo perdonamos, por supuesto que no, pero lo comenzamos a contemplar con todo el rigor del alma, desde nuestro intelecto, nuestras emociones y afectos, que es lo que el espectador pone en práctica cuando asiste al teatro. En este sentido la obra es perversa, revolucionaria y atrevida, sobre todo teniendo en cuenta el contexto en el que se presenta: un país herido que ha debido negociar con los victimarios y tramitar sus traumas con el escaso contenido artístico que llega a los ciudadanos, no por falta de creatividad, sino de condiciones sociales para que el arte se extienda a lo largo y ancho de la nación. En un país así, en un ambiente así, es más fácil, viable, incluso seguro para nuestro confort moral y ciudadano lanzar la piedra como Moncho a su profesor en la Lengua de las Mariposas, en una de las escenas del cine más conmovedoras sobre la alienación social. En cierto sentido, la buena intención de quemar la bruja nos aliena del lado de los buenos y siempre, no nos digamos mentiras, es más fácil estar del lado de los buenos. Pero el trabajo del artista, igual que de los intelectuales, no es señalar ni trazar clasificaciones maniqueas, sino complejizar al prójimo, correr los velos del misterio humano para verlo en su desnudez y recordarnos, cuéstenos o no, que el asesino también es el prójimo, que ese otro monstruoso también es humano, y por siguiente, que en él me puedo entender y sentir a mí. ¿O quién sería tan soberbio de decir que no tiene nada de Carlos como de Ricardo III, de Yago o del hijo de Nawal en Incendios? La diferencia entre un villano melodramático y un personaje abyecto trágico está en la humanidad, y en la vulnerabilidad que reconocemos (y nos reconocemos) en él. Sin embargo, no sobra aclarar que nuestro foco de identificación son los otros dos hermanos: Miguel y Lucas. Es decir: contemplamos a Carlos y nos identificamos con Miguel y Lucas, descubriéndolo a través de ellos.

En la dupla Víctima/Victimario, Hermanos se inmiscuye en el espacio que hay entre ambas definiciones, la frontera que une y separa a la vez a la víctima del victimario, ese “/” que yo mismo uso para separarlos caligráficamente, y que viéndolo en la pantalla de mi computador me hace pensar en una zanja negra, un camino oscuro. Es en ese espacio de incertidumbre, en esa frontera carente de luz para definir las formas, donde Hermanos planta el problema. Desde esa zona gris se hace las preguntas esenciales de su historia y su puesta en escena, allí donde el victimario también tiene un revés de víctima que, claro, no es equivalente a la atrocidad de su crimen ni tampoco lo justifica, insisto, pero sí lo vuelve más complejo y revela, de paso, la disfuncionalidad de unas dinámicas familiares que de alguna manera fueron causantes, entre otras muchas cosas, del horror.   

Esta apuesta de LNO y CNA no sólo es humanista y humanitaria, sino política, subversiva y pertinaz. Aquí ya no se trata de juzgar ni de hacer de la obra un tribunal (como hizo la directora en su anterior montaje Edipo o el Crimen), no se denuncia ni se señala: aquel es el que merece el castigo y aquel la reivindicación, no. Con Carlos, Hermanos nos exige una mirada distanciada del verdugo, una mirada respetuosa, horizontal y cívica. Ahora el espectador no está en una altura donde dicta cómodamente quién es el bueno o el malo, sino que ambos, personaje y persona, estamos incómodamente al mismo nivel: el de la humanidad, y en esta condición nos reconocemos vulnerables. En ese sentido es muy valiosa la bifrontalidad de la obra, que nos pone a lado y lado de esta tragedia. Esta bifrontalidad, sin embargo, se transforma. Curiosamente, cuando los personajes se sientan entre nosotros, dejamos de ser un pasillo para volvernos, tanto espectadores como personajes, en un anillo de mirones, reforzando así nuestra igualdad. Esta disposición espacial armoniza con la distancia de la que hablé arriba, la que hay entre nosotros y los personajes, que nos iguala en términos de humanidad, y cumple su función estética en el desenlace final, cuando los personajes tienen que deliberar sobre su destino, construir su propio Fatum. En este momento crucial, la obra nos ha llevado suceso tras suceso al culmen de nuestra función crítica. Nos hemos identificado tanto con Lucas y Miguel, viajando a su lado y descubriendo parte por parte esta tragedia, que terminamos embaucados en un si condicional donde nosotros también tenemos que deliberar. Por eso, una de las preguntas con las que salimos de la función, en las conversaciones de cerveza, es “¿y usted qué habría hecho si fuera su hermano?” En este momento el sistema Hegeliano de tesis y antítesis nos empuja a la síntesis, completándose triunfal  gracias la elaboración de dos posturas igualmente válidas en el nivel de catástrofe, que por lo mismo se anulan mutuamente. En la última réplica de Carlos, cuando se apunta con el revólver en la sien y le pregunta a Miguel ¿qué hacer?, no sólo Miguel es Miguel, todos somos Miguel desde nuestra posición de espectadores deliberantes. ¿Qué deberíamos decirle a Carlos si fuera nuestro hermano?  O ¿Qué debería Miguel pedirle a Carlos? Es decir, tratamos de entender a los personajes desde nosotros, y a nosotros desde el personaje, en un movimiento que supera la expectación intelectual, y que hace de Hermanos una obra con una tremenda contundencia política y moral que acorrala minuto a minuto nuestra imaginación empática para obligarla a realizar una evaluación compasiva de semejante situación tan aberrante, dolorosa, incómoda y sobre todo trágica.

La decisión trágica es una decisión superior, de consecuencias superiores. Afortunadamente esto es teatro y no la realidad. O mejor aún, afortunadamente está el teatro para ejercitar estas deliberaciones antes de ponerlas en práctica en la realidad. Es apenas entendible que la obra siga “repercutiendo” más allá de la función. La encrucijada ética, como dije arriba, sólo nos deja una opción: hablar entre nosotros de lo que vimos, comparar nuestras experiencias, nuestras emociones, sentimientos y racionamientos; hacerle una evaluación ética a la ética misma. Somos críticos en este sentido. Se nos apela en nuestra condición de ciudadanos.

Con lo dicho hasta aquí, vale la pena apuntar que Hermanos es una obra que con-mueve, y no lo digo en el sentido barato de que “enternece” o nos hace “llorar”, sino en el sentido más cabal de la palabra y sus raíces. Hermanos conmueve porque inquieta, mueve, impulsa y excita algo de nosotros que no se reduce a los meros sentimientos. Puede incluso enfurecernos o hacernos com-padecer (como compadecemos a Miguel en su decisión final). Curioso que el prefijo “Com” o “con” (confrontar, compadecer, conflicto, compenetrar, contrariar, etc) significa “juntos”. Así, padecemos junto a los hermanos que deben lidiar con el error de la oveja negra de la familia, el monstruo que a pesar de todo no lo es, ese prójimo embestido de criminal que por ello no deja de ser un continente de humanidad.

Por otra parte, la obra logra un efecto clave para la ficción: hacernos preguntar por las posibilidades. Por eso es importante contradecir aquí lo que he leído en otros comentarios sobre Hermanos, y es que la obra trata sobre el horror de lo ocurrido con Yuliana Samboní. Esta obra no trata del crimen de Yuliana, ni tampoco es una dramaturgia histórica. Es ficción. Pura y dura. No hace recuentos o hipótesis sobre algo que ocurrió sino sobre algo que podría ocurrir, que existe la posibilidad de que ocurra en nuestras familias. No digo que una cosa sea mejor que otra. Hemos visto en nuestros teatros obras que tratan tragedias nacionales recientes con dignidad y belleza, pero en Hermanos la mirada no es retrospectiva, sino prospectiva. No hay un suceso real anterior para entender, sino un futuro de infinitas posibilidades que nos invita a comprender, aunque nunca lo logremos, aunque nos frustremos en el intento, aunque nos duela ese si imaginario que nos situaciona en un ¿qué haría yo si fuera mi hermano el que hiciera esto? Otra de las razones que encuentro por la que tal vez seguimos pensando esta obra más allá de sus funciones.

Ha sido difícil el verme obligado a sacar del tintero otras cosas interesantes de esta obra para escribir. Pero ¿qué le hacemos? Cada decisión implica violencia y esta no iba a ser la excepción. En todo caso, como debo cuidar la extensión de esta crítica, me veo obligado a desechar varios temas que también son muy pero muy interesantes. Y es que eso tienen las buenas obras: que dan para hablar y hablar y hablar de ellas. Sin embargo, trataré de reivindicarme con esos temas dejándolos anunciados, a ver si más adelante me animo a reflexionar sobre cada uno de ellos.  Por ejemplo, me parece de una carne exquisita el tema del fuera de campo en la obra, lo que queda en off, como la violencia, pero también los personajes que no están presentes, entre ellos La Madre, que a mi juicio es la gran antagonista de Hermanos. Es usual que hablemos de nuestra pulsión edípica de matar al padre, pero ¿qué pasa cuando a la que hay que matar es a la madre? En Hermanos el padre está literalmente muerto, de hecho sus hijos vienen del funeral, pero la madre sigue condicionando la catástrofe desde la cama de un hospital, y a una madre no se le mata, todavía no hemos sido preparados para ello, ni estos hermanos aún son lo suficiente adultos para hacerlo.

Otro tema que me queda en el tintero es el de la familia. En un país supremamente tradicional y añejo en cuanto a este tópico, Hermanos entra a deshonrar a padre y madre sin reparo, minando de paso los pilares de una idea errónea sobre lo familiar. ¿A qué nos obliga compartir la sangre?

Finalmente, también estuve a nada de quedarme analizando el texto en sí mismo, a parte de su puesta en escena, por parecerme de una riqueza brutal, con una enorme y prospera tradición dramatúrgica reunida en su ADN.

Sin duda, una de las mejores apuestas de los últimos años en el teatro de nuestra ciudad.



martes, 5 de abril de 2022

“Pies morenos sobre piedras de sal”

Una francesa espera en un desolado cruce de cuatro caminos mientras se ve reflejada en el ojo muerto de un animal muerto. Está en la Guajira y busca a su marido, un colombiano asentado en Francia hace años que decidió devolverse a su país para recorrer las rutas de sal en bicicleta; pero desde que emprendió su viaje -más espiritual que turístico- nadie sabe nada de él. Su esposa francesa lo busca en un mundo absolutamente extraño para ella: el aire seco, la atmósfera abúlica, la geografía desvalida, precaria, estéril; el idioma Wayú, la comida salada, todo es desconocido, contrastante, incluso bárbaro si se mira a través de sus ojos rubios. De esto va la historia de “Pies morenos sobre piedras de sal”. Éste es su cuentico medular. Sin embargo, la dramaturgia no es aristotélica en el sentido más estricto. Otras historias se encuentran para habitar este cruce de  caminos; entre esas, la de la dramaturga colombiana y el músico argentino que desde la distancia (¿tal vez Skype?) construyen la trama de la obra, la historia de la francesa y de los demás personajes. Con esta nueva capa metateatral y autocrítca, el espectáculo se torna híbrido, mezcla de drama y ensayo, posicionando el proceso creativo de la obra al nivel de espectáculo.

Hablar de un trabajo así, tan complejo como hermoso y tan lleno de aristas, no está siendo nada fácil. ¿Por dónde agarro este toro? Amo la dramaturgia, así que intentaré tomarlo de ese lado y ya vemos qué pasa… Una cosa sobre las demás me llama la atención del texto: la dramaturgia de “Pies morenos sobre piedras de sal” hace caso omiso de la tradición dramatúrgica de explicar lo necesario. En esta obra se dice menos de lo necesario, e incluso a veces se oculta, se opaca o se corta. La anécdota de la francesa nos engancha a los espectadores con la expectativa de su viaje (¿logrará encontrar a su marido en el desierto?), pero sobre todo sirve de telón de fondo donde los compositores de este drama reúnen dos mundos contrarios. En este sentido, “Pies morenos sobre piedras de sal” no responde preguntas, sino que fecundiza el terreno para hacerlas. La dramaturga y el músico (el paisaje sonoro es sustancia esencial de esta historia) llegan a sus propios límites estéticos, y se confrontan éticamente con el acto poético de crear. Por un momento, el músico confiesa que no puede, que no sabe qué sonido hacer para la imagen perturbadora de una niña violada.

Al terminar la obra, salí a montar bicicleta un rato y ordenar mis ideas. Tuve una ocurrencia que tal vez se vea descabellada en un escrito así. Pensaba que esta forma de producción de discurso podría equipararse en cine a las películas de Godard. Los mecanismos autoreferenciales se parecen, mezclando el ensayo, la literatura, la asociación sensual y polivalente del sonido con ideas e imágenes, con preguntas éticas y estéticas; y la actitud desafiante y constructiva de los artistas ante las formas tradicionales de hacer teatro.  Hay sin embargo una diferencia imposible de corresponder. Los mecanismos de autocrítica en Godard son, como decía Sontag, festivos, juguetones e impertinentes. En “Pies morenos sobre piedras de sal” en cambio, están permeados por la nostalgia del ido, y la tragedia de un pueblo marcado por la indiferencia, y el asolador paso del conflicto sobre él. La Guajira es una niña loca con una sed incontrolable, un afiche derruido de un político con el eslogan “el progreso comienza contigo”, una Wayú mística e incomprendida, un vigilante hostigado por los calores, un terreno yermo que sólo cosecha botellas de plásticos.

 

24 de febrero de 2020 


Fotografía tomada del facebook de Abra teatro. Fotógrafo: Carlos Mario Lema.