domingo, 12 de enero de 2014

CARTA A LOS CINECLUBISTAS.

CARTA A LOS CINECLUBISTAS.
“Lo primero que hay que aprender es a leer”
Unamuno.

Tal vez una de las proezas más difíciles que se impone cada cinéfilo es la de construirse un método: qué películas ver día a día, cuantas, a qué hora y en qué orden.
En la época de los cineclubes había cinéfilos encargados de realizar esta tarea por la mayoría de los demás cinéfilos. Era un trabajo arduo, apasionante y comprometedor para ellos, porque sabían bien que de su tela de juicio dependía el esfuerzo de unas seiscientas o más personas, por ejemplo, que trabajaron en espartacus.
Programar lo que uno piensa que necesita ver el público en tal o cual momento es una faena de sudor acaramelado. El cineclubista se apasiona y padece un sufrimiento encantador  (el de ver mucho cine, tanto hasta adelgazar, volverse blanco y ojeroso como un vampiro).
 Pero esas épocas de cineclubes  cuando los programadores eran fanáticos obsesionados con el cuento cinematográfico, que lo estudiaban, que no podían vivir sin él y que transmitían el culto ya va siendo una nostalgia a lo viejo oeste. Hoy los teatros han sido remplazados por centros comerciales con espectaculares salas para los pequeños burgueses o el lumpemproletariado que ahorra mil al día para invitar el domingo a la novia. De toda esa opulencia queda  la putrefacción del público anegado en el consumismo que ya no habla, que ya no se siente inconforme ni en completa necesidad de decir
-hombre qué tal esa película.
-buena.  casito me meo  en la escena final, cuando Norman Bates no quiere matar a la mosca, está en el clímax de su enfermedad. Su identidad fue absorbida completamente por el fantasma de su madre. Qué verraquera! Pero muy rebuscado el psiquiatra, muy metido a la manera fácil…
Ahora en cambio, la gente bota la caja de crispetas y no se siente satisfecho es de no haber metido un dedo en la blusa de la fulana que también sale amarga porque fulano no se atrevió a echarle mano. Y se retuercen y huyen pitados pal baño para revisarse los ojos – que con tanta oscuridad no haya quedado ojeras – y tirarse todos los pedos de la cocacola digerida que tuvo que aguantar para no ponerse en ridículo.
Pienso en un cuento, el espectador, de Andres Caicedo. Un pelado va muchas veces a ver una peli que lo trae loco y a la que la gente le chifla porque –dicen- es muy mala. Lo más interesante es que a la salida del teatro, el público se reparte en grupos parlanchines mientras el espectador se quiere enloquecer porque  no puede hablar con nadie sobre la película; porque no puede compartir su inconformidad, su vacío. Es por eso que repite la función tantas veces, a ver si ella se encarga de llenarle ese hueco que tanto lo constriñe.
Hoy los cineclubes están en apartadas casas culturales, en bares con música en el primer piso o en casas de hippies que antes de cada función fuman yerba y luego les da modorra y ya no ven la película sino que se ponen a fumar más yerba. Con proyectores muy pobres y cinéfilos de etiqueta más que de gusto: es decir, imbéciles que se jactan de amar el cine cuando no es cierto, cuando lo que aman es el nimbo de intelectual que el cine les deja, (como si el cinéfilo fuera cinéfilo por intelectual, qué patraña). Hablé un día con cierto cineclubista
-¿qué película van a presentar?
- Karen llora en un bus.
-es un hueso, sobre todo porque….
- no la he visto y no me importa su punto de vista. a muchas personas le gusta, puede que a usted no pero a muchos si, usted no sabe si una película es buena o es mala, depende de muchas miradas, de muchas convergencias , etc etc etc..
-¿cómo así, usted presenta una película que no ha visto?
-Las veo el día de la presentación porque no tengo tiempo, yo estudio.
¡Golpazo en frente, cucaracha! Agüebado, bobalicón y un etcétera de siete millas de insultos. Este  es el perfil de toda una nueva generación de cineclubistas. Y me perdonarán, señores, el ser tan insuave para decirlo, pero por lenguicacas como este es que uno deja de asistir a los cineclubes.
Entonces, los cinefilos entramos en un estado de crisis: nos toca en la intimidad, en los baches de la rutina o en la ducha ir armando el orden de las películas que vamos a ir viendo, o comprando.
Puede que quien lea esto piense que tanta metodología no es necesaria. Pues se equivoca hermanito. Uno puede ir al cine, arrellanarse en el asiento a comer cheestres y gozar pasivamente una película. Pero para montar dialogo con un director es necesario ir aprendiendo su lenguaje. Sucede con Bergman, por ejemplo, que uno no descubre el dolor de la mujer (como tema) en gritos y susurros, sino que uno lo va descubriendo a lo largo de toda su carrera cinematográfica, ¡cómo decirse que le cogió la piola a gritos y susurros sin haber visto antes la sed o el silencio o persona! ¡cómo apreciar el talento de Ullman, entender cada gesto suyo, sin haber aprendido antes su lenguaje, sus estilo ¿ve? Nadie que vea el padrino o el último tango en parís va a amar sinceramente a Brandon si no vio antes un tranvía llamado deseo, donde despliega hasta la opulencia las teorías de Stanislavsky, la ilusión escénica del actor que deja de serlo totalmente para volverse personaje. En un tranvía llamado deseo Marlon brando enseña como son las cosas con él, cómo es que hay que verlo en pantalla.
Este problema también es aplicable al cine en general. Lo correcto sería ver antes que todo los videos de los Lumiere, luego a Mélies, después a Einsestein y a Griffith, de ahí al embrujado expresionismo alemán: Robert Weine,  Marnau, Fritz Lang y así hasta llegar al cine negro o al westerm, etc, etc, etc. Uno goza más, por ejemplo, Dios y el Diablo en la tierra del sol si antes vio octubre, de Einsestein o el acorazado de potemkin. Uno entiende que esas secuencias de gente amontonada en planos abiertos y ese lirismo a blanco y negro le están haciendo honor a las pelis del ruso. El espectador entabla entonces un diálogo lo más de común en esas escenas con el director, es como si en silencio le gritara a través del ruido de los pistoleros y los fanáticos cayendo a bala
-          Eh! Rocha, yo también vi las de Einsestein. Me gusta mucho el honor que le hace; además, la lucha de clases está muy bien reiterada en su película.
Aprender a ver cine es algo innato como el aprendizaje de cualquier niño. Primero tiene unos esquemas básicos como apretar con la mano y chuparlo todo. Luego agarra otros esquemas y los combina con los primeros hasta que aprende a ensartar un hilo en una aguja o a hacer aros de humo con el cigarrillo. Igual con el cine, uno tiene esquemas básicos : los sentidos. Ojos y orejas y un alma sensible que eso es lo más importante. Uno abre los ojos y se hipnotiza y las orejas igual. Es necesario entrenarse en el arte de ser espectador para luego apreciar sin un parpadeo los travellings de Tarkovsky o la eternidad de un plano de Masahiro Shinoda. Cada peli que uno ve es un esquema agarrado y asimilado que le va a ayudar con la película que viene. Si uno vio a de Niro en taxi driver amenazando el espejo, esa escena va a poderla combinar con la otra de el odio cuando vincent cassel hace lo mismo en el baño. Y así uno entabla diálogo como dije antes y enlaza la intertextualidad entre kassovitz y Scorsese. Y entiende más la tendencia antipática de Vincent, su cultura violenta, su gusto, su esencia. Y está uno aprendiendo a ver cine.
Esta reflexión no ha sido planeada de antemano. Cuando empecé a escribir quise hacer una crítica  sobre más corazón que odio de Jhon Ford, pensando tal vez en publicarla un día para ver si ayudo a no dejar perder el cine Westerm que está tan olvidado, cine al que la nueva acción hollywoodense, sin poesía ni misterio, le está echando tierra encima. El Western es un abuelo que no debemos olvidar. Tenemos que echarle el vistazo para no perder nuestras raíces occidentales. Escribiendo me metí con los cineclubistas porque ellos tienen la responsabilidad de reavivar la brasa (y más en esta época de globalización y supercolonización gringa donde los temas del westerm son muy acertados.) para apreciar el cine de manera más universal y no como lo hace el pueblo – sólo cartelera – o los intelectuales cercados por el gran triángulo de las bermudas:  Bergman,  Buñuel o Tarkovsky.


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