CARTA A LOS
CINECLUBISTAS.
“Lo primero que hay que aprender es a leer”
Unamuno.
Tal vez una de las proezas más difíciles que se impone cada
cinéfilo es la de construirse un método: qué películas ver día a día, cuantas,
a qué hora y en qué orden.
En la época de los cineclubes había cinéfilos encargados de
realizar esta tarea por la mayoría de los demás cinéfilos. Era un trabajo arduo,
apasionante y comprometedor para ellos, porque sabían bien que de su tela de
juicio dependía el esfuerzo de unas seiscientas o más personas, por ejemplo,
que trabajaron en espartacus.
Programar lo que uno piensa que necesita ver el público en
tal o cual momento es una faena de sudor acaramelado. El cineclubista se
apasiona y padece un sufrimiento encantador (el de ver mucho cine, tanto hasta adelgazar,
volverse blanco y ojeroso como un vampiro).
Pero esas épocas de
cineclubes cuando los programadores eran
fanáticos obsesionados con el cuento cinematográfico, que lo estudiaban, que no
podían vivir sin él y que transmitían el culto ya va siendo una nostalgia a lo
viejo oeste. Hoy los teatros han sido remplazados por centros comerciales con
espectaculares salas para los pequeños burgueses o el lumpemproletariado que
ahorra mil al día para invitar el domingo a la novia. De toda esa opulencia
queda la putrefacción del público
anegado en el consumismo que ya no habla, que ya no se siente inconforme ni en
completa necesidad de decir
-hombre qué tal esa película.
-buena. casito me
meo en la escena final, cuando Norman
Bates no quiere matar a la mosca, está en el clímax de su enfermedad. Su identidad
fue absorbida completamente por el fantasma de su madre. Qué verraquera! Pero
muy rebuscado el psiquiatra, muy metido a la manera fácil…
Ahora en cambio, la gente bota la caja de crispetas y no se
siente satisfecho es de no haber metido un dedo en la blusa de la fulana que
también sale amarga porque fulano no se atrevió a echarle mano. Y se retuercen
y huyen pitados pal baño para revisarse los ojos – que con tanta oscuridad no
haya quedado ojeras – y tirarse todos los pedos de la cocacola digerida que
tuvo que aguantar para no ponerse en ridículo.
Pienso en un cuento, el
espectador, de Andres Caicedo. Un pelado va muchas veces a ver una peli que
lo trae loco y a la que la gente le chifla porque –dicen- es muy mala. Lo más
interesante es que a la salida del teatro, el público se reparte en grupos parlanchines
mientras el espectador se quiere
enloquecer porque no puede hablar con
nadie sobre la película; porque no puede compartir su inconformidad, su vacío.
Es por eso que repite la función tantas veces, a ver si ella se encarga de
llenarle ese hueco que tanto lo constriñe.
Hoy los cineclubes están en apartadas casas culturales, en bares
con música en el primer piso o en casas de hippies que antes de cada función
fuman yerba y luego les da modorra y ya no ven la película sino que se ponen a
fumar más yerba. Con proyectores muy pobres y cinéfilos de etiqueta más que de
gusto: es decir, imbéciles que se jactan de amar el cine cuando no es cierto,
cuando lo que aman es el nimbo de intelectual que el cine les deja, (como si el
cinéfilo fuera cinéfilo por intelectual, qué patraña). Hablé un día con cierto
cineclubista
-¿qué película van a presentar?
- Karen llora en un bus.
-es un hueso, sobre todo porque….
- no la he visto y no me importa su punto de vista. a muchas
personas le gusta, puede que a usted no pero a muchos si, usted no sabe si una
película es buena o es mala, depende de muchas miradas, de muchas convergencias
, etc etc etc..
-¿cómo así, usted presenta una película que no ha visto?
-Las veo el día de la presentación porque no tengo tiempo,
yo estudio.
¡Golpazo en frente, cucaracha! Agüebado, bobalicón y un
etcétera de siete millas de insultos. Este es el perfil de toda una nueva generación de
cineclubistas. Y me perdonarán, señores, el ser tan insuave para decirlo, pero
por lenguicacas como este es que uno deja de asistir a los cineclubes.
Entonces, los cinefilos entramos en un estado de crisis: nos
toca en la intimidad, en los baches de la rutina o en la ducha ir armando el
orden de las películas que vamos a ir viendo, o comprando.
Puede que quien lea esto piense que tanta metodología no es necesaria.
Pues se equivoca hermanito. Uno puede ir al cine, arrellanarse en el asiento a
comer cheestres y gozar pasivamente una película. Pero para montar dialogo con
un director es necesario ir aprendiendo su lenguaje. Sucede con Bergman, por
ejemplo, que uno no descubre el dolor de la mujer (como tema) en gritos y susurros, sino que uno lo va descubriendo
a lo largo de toda su carrera cinematográfica, ¡cómo decirse que le cogió la
piola a gritos y susurros sin haber
visto antes la sed o el silencio o persona! ¡cómo apreciar el
talento de Ullman, entender cada gesto suyo, sin haber aprendido antes su
lenguaje, sus estilo ¿ve? Nadie que vea el
padrino o el último tango en parís
va a amar sinceramente a Brandon si no vio antes un tranvía llamado deseo, donde despliega hasta la opulencia las
teorías de Stanislavsky, la ilusión escénica del actor que deja de serlo
totalmente para volverse personaje. En un
tranvía llamado deseo Marlon brando enseña como son las cosas con él, cómo
es que hay que verlo en pantalla.
Este problema también es aplicable al cine en general. Lo
correcto sería ver antes que todo los videos de los Lumiere, luego a Mélies,
después a Einsestein y a Griffith, de ahí al embrujado expresionismo alemán:
Robert Weine, Marnau, Fritz Lang y así
hasta llegar al cine negro o al westerm, etc, etc, etc. Uno goza más, por
ejemplo, Dios y el Diablo en la tierra
del sol si antes vio octubre, de
Einsestein o el acorazado de potemkin.
Uno entiende que esas secuencias de gente amontonada en planos abiertos y ese
lirismo a blanco y negro le están haciendo honor a las pelis del ruso. El
espectador entabla entonces un diálogo lo más de común en esas escenas con el
director, es como si en silencio le gritara a través del ruido de los
pistoleros y los fanáticos cayendo a bala
-
Eh! Rocha, yo también vi las de Einsestein. Me gusta
mucho el honor que le hace; además, la lucha de clases está muy bien reiterada
en su película.
Aprender a ver cine es algo innato como el aprendizaje de
cualquier niño. Primero tiene unos esquemas básicos como apretar con la mano y
chuparlo todo. Luego agarra otros esquemas y los combina con los primeros hasta
que aprende a ensartar un hilo en una aguja o a hacer aros de humo con el
cigarrillo. Igual con el cine, uno tiene esquemas básicos : los sentidos. Ojos
y orejas y un alma sensible que eso es lo más importante. Uno abre los ojos y
se hipnotiza y las orejas igual. Es necesario entrenarse en el arte de ser espectador
para luego apreciar sin un parpadeo los travellings de Tarkovsky o la eternidad
de un plano de Masahiro Shinoda. Cada peli que uno ve es un esquema agarrado y
asimilado que le va a ayudar con la película que viene. Si uno vio a de Niro en
taxi driver amenazando el espejo, esa
escena va a poderla combinar con la otra de el
odio cuando vincent cassel hace lo mismo en el baño. Y así uno entabla
diálogo como dije antes y enlaza la intertextualidad entre kassovitz y Scorsese.
Y entiende más la tendencia antipática de Vincent, su cultura violenta, su
gusto, su esencia. Y está uno aprendiendo a ver cine.
Esta reflexión no ha sido planeada de antemano. Cuando
empecé a escribir quise hacer una crítica sobre más
corazón que odio de Jhon Ford, pensando tal vez en publicarla un día para
ver si ayudo a no dejar perder el cine Westerm que está tan olvidado, cine al
que la nueva acción hollywoodense, sin poesía ni misterio, le está echando
tierra encima. El Western es un abuelo que no debemos olvidar. Tenemos que
echarle el vistazo para no perder nuestras raíces occidentales. Escribiendo me
metí con los cineclubistas porque ellos tienen la responsabilidad de reavivar
la brasa (y más en esta época de globalización y supercolonización gringa donde
los temas del westerm son muy acertados.) para apreciar el cine de manera más
universal y no como lo hace el pueblo – sólo cartelera – o los intelectuales
cercados por el gran triángulo de las bermudas: Bergman, Buñuel o Tarkovsky.