martes, 16 de julio de 2024

Una Idiotez, Ellos lo Saben

Una Idiotez, Ellos lo Saben, la obra que acaba temporada esta semana en la Charlot, es un lujo imperdible para los bogotanos. Este unicornio excéntrico que atraviesa el ecosistema teatral de la ciudad en pleno julio, indeterminado y distinto, es un híbrido de tres nacionalidades, pues el dramaturgo, Philip Löhle, es  Alemán, el director Pablo Flehner es argentino, y el elenco incluye entre sus filas a Karen Sauer, una argentina de ascendencia alemana, que ha decidido a voluntad volverse, también, colombiana.

La premisa de la obra, simple e irónica, es un corte perfecto a la epidermis de la realidad para ver detrás de ella, ¿qué pasaría si su celular fuera una persona, una especie de “asistente”? Lo demás lo dejo a su imaginación, y al poder de su expectativa para convencerlo de que vaya a verla. De esta manera me salvo de la tentación de hacer spoiler. Lo obvio, eso sí, son los temas que inmediatamente asociamos a una premisa tal: la dependencia emocional y funcional por la tecnología, el reemplazo de la inteligencia humana por la artificial que se optimiza minuto a minuto, y lo que más horror me da de esta satírica ciencia ficción de terror: el totalitarismo positivo de la hegemonía de la información.


Una Idiotez es la historia de una invasión positiva. Como Crónicas Marcianas de Bradbury, pero al revés, pues los humanos somos los que estamos siendo colonizados; y con la especie se coloniza su subjetividad, su información, sus hábitos, es decir, su mundo. Lo más siniestro de todo es que esa ocupación no es violenta, ni mucho menos está provocada por un enfrentamiento o una guerra.  Ni explosiones, ni barbarismo. Al contrario, el positivismo de estos seres es ilimitado. Desde el amor, las buenas intenciones, el buen trato, la ayuda incondicional, el obedecimiento, la lealtad extrema, la docilidad, una ingenuidad que raya con lo tierno, estos celulares humanos, o Googles humanos, o asistentes llamados Kwant… (y no pude evitar el spoiler, por Dios…) controlan a los humanos que prefieren vivir en la cueva platónica, confundidos felizmente, jurando que son ellos los que controlan a los Kwant. Una paradoja chocante por lo cercana.

Somos frágiles y fáciles de dominar. Más de lo que pensamos. Bastan un examen conductual de compatibilidad, un poco de cariño programado, el mínimo gesto de cuidado, un acuerdo de términos y condiciones para darnos afecto, un simulacro de protección para volvernos dependientes de algo sin importar que vaya y venga por nuestras esferas íntima y públicas. Es el mismo tipo de dominación que ejerce la publicidad, cuando nos aseguran que “bon yurt” son dos palabras que nos hacen feliz, o que un grupo de científicos preocupados por nuestro placer y bienestar, hicieron un colchón para nosotros, porque somos así de importante para ellos. Tristemente ególatras, y llenos de inconformismos emocionales, somos una especie propensa a obedecer, vulnerable a la ternura, fácil de dominar con la opresión del positivismo y con un poco de acceso a nuestros datos e información. Tanto es así que la nueva clase dominante de los Kwant que se inventa esta ficción, solo quieren ayudar y estar a nuestro servicio (otra genialidad de su dramaturgia). Son hasta ingenuos, infantiles, hablan como muñequitos, tienen esa estética de nana de plástico. En este sentido tiene mucha puntería el trabajo del director con los actores, matizando la interpretación de esta paradoja, creando unos personajes serviles que dominan, y unos “sujetos” humanos que fantasean con dominar mientras son ellos los “sujetos” del contrato, los “dominados”. 

No sé, después de Una Idiotez, creo que la idea del Homo Sapiens está cada vez más mandada a recoger. Habrá qué inventarse otro Homo algo, porque el conocimiento y la memoria humana, como la máquina de escribir, es tecnología del siglo pasado. Lo mismo su capacidad mental de asociación. La internet, google, nuestros avatar, chatgpt 3- 4 y los que vengan, se optimizan minuto a minuto, mientras que a nosotros el tiempo nos envejece hasta la degradación física y mental.

Me parece imposible hablar de esta obra, sin alusiones a otras obras. Seguro es un efecto natural de su estética pop. En cuanto al humor, que es muy negro pero a la vez muy blanco, me hace recordar a los Simpson. De hecho, en alguna de las charladas con otros espectadores, salió a la luz el capítulo de los Homeros clonados. Ese desternillante horror de Homeros ocupando el mundo funciona tan bien por algo esencial, y es que los Homeros no tienen, para nada, malas intenciones ni dobleces. Son cándidos como niños, igual que los Kwant. Por otra parte, el equipo de Una Idiotez se la juega por la invención de un universo extrañado por los tiempos: un pasado futurista, que con una puesta en escena nostálgica y pop se compone – como en un collage a la Hamilton -  del look del retro futurismo setentero que suena como los sintetizadores de Wendy Carlos y luce como la Naranja Mecánica.




En estos días de tanta filosofía pop – no lo digo de manera peyorativa, todo lo contrario – difundida, por ejemplo, en las decenas de libros esclarecedores y acertados de Byung Chul Han, textos cuya lectura nos deja con un sinsabor siniestro, no sobra una dosis de humor para la denuncia, o una dosis de denuncia en el humor. Sí, esta escalofriante parábola anarquista de la pérdida de la libertad, del control, del absolutismo, provoca tantas risas como pensamiento crítico, pues en el fondo es una obra incómoda, en el sentido de que nada queda resuelto en ella. Moraleja no tiene. Tampoco respuestas. Si algo tiene esta obra es una estética que, como la buena filosofía, nos arrastra desde la diversión a dialogar con ella durante la representación y sobre todo después. 

No sobra anotar que la maravilla de elenco está combinado con muchísima creatividad. Actrices y actores honestamente hermosos por sus talentos, cuyas meras presencias en esta historia la hacen única. La elección del casting es inquietante y acertadísimo. ¡Parecen caricaturas, – y pilas que esto tampoco es peyorativo – pincelazos gruesos de algún estereotipo social! 

Si el equipo de la obra lee este texto, quiero mandarles mis respetos, y muchas, muchísimas felicidades. Les deseo miles de funciones más. 

La dirección: loca, inteligente, absurda y con muy buen gusto.

A los actores, me les quito el sombrero: Cielo Ospina, siempre impecable, sorprendente, y muy cómica. Los Juanes: qué delicia verlos actuar. Karen: cada segundo tuyo es un roce de seda. David Mateus, te quise y te quiero de ahora en adelante por este trabajo. Tenés un aura especial en el escenario.







lunes, 6 de mayo de 2024

El Ritual de Cada Viernes







El de hoy es gordo. Buena elección. Perfecta no es, pero en esto es mejor aprender a conformarse fácil. Tiene unos ojitos que dan ganas de chuparlos crudos y escupirlos por ahí para que se los termine el perro. De cuando en cuando me hago detrás de él, empuñando el tenedor, pero Nicol me hace el gesto que tenemos para decirnos “ey, todavía no, espera.” 

Lo maluco sí es escucharlo decir tantas güevonadas. Como bien dicta el proverbio “el pez muere por la boca…” ¿o el refrán? Vaya uno a saber la diferencia entre refrán y proverbio, habría que preguntarle después a Nicol, si es que hay un después, porque esta tortura de oír hablar al gordito estira los segundo como chicles, y siento que la eternidad va a ser el flagelo cíclico de tenerle que parar oreja durante el infinito que dura una noche cuando se tiene la barriga vacía.

Nicol lo mira y lo escucha, lo escucha y lo mira, con una parsimonia cínica. Son las 11. Lo tenemos acá hablándonos de él desde las ocho. El colmo, Nicol, esta me la pagas con creces. El próximo viernes ceno pollo como cualquier cristiano, y la dejo sola en sus aventuras caníbales. Si no puede noquear a otro gordo de un guamazo, que use uno de sus brebajes, o haga la de la otra vez que la castigué, cuando le tocó irse a un jardín infantil, esperar en la entrada a ver cuál era el niño más desahuciado, el más huérfano, al que la mamá lo dejó plantado por andar metida en una rockola, para llegarle con dulces, cogerlo de la mano, llevarlo a un matorral, y noquearlo con una piedra. Cómo sufre Nicol haciendo el trabajo sucio. Llegó llorando a mi casa, contando que al primer rocazo el niño quitó la cara y el golpe le hundió la clavícula. Lloraba Nicol, lloraba el niño, ella le tapó la boca, descargó de nuevo la piedra para darle en la frente y se machucó un dedo. Y lo peor ¡el niño seguía llorando! Un culicagado invencible. Con ese ADN fortalecido con aguapanela, el Al – haya de los pobre. Así que Nicol tuvo que pegarle cuatro veces más. Qué cuatro. Cinco. Seis. Siete. La cara del niño, molida y abierta cual rosa sin espinas, todavía dejaba ver la lengüita vibrando entre la carne, con unos alaridos delatores que por suerte para Nicol nadie escuchó.

Le dio apenas dos mordiscos al lomo crudo del niño por engañar el hambre, por pura necesidad, por pura supervivencia, por lealtad a este rito místico que tenemos de comernos a alguien cada viernes, pero cierto es que el miedo quita el hambre, y el fiambre guarda el miedo; por eso dejó al niño ahí botado, presa dócil para los buitres que al día siguiente fueron con sus cámaras a hacerle fotos y las reprodujeron miles y miles y millones de veces en los titulares de noticias. Nicole estaba ofendida porque en el bajo mundo de la crónica roja, nadie reconoció el crimen como obra y gracia de una mujer, sino de un hombre al que los periódicos llamaron “el monstruo del sur”. Ella estuvo a punto de confesar, de poner un estado en twitter diciendo fui yo, yo lo maté, para comérmelo, pero la convencí de lo contrario. Al fin de cuentas – le dije – nadie te va a creer. Mira esto como una penitencia para vencer tanta vanidad y dejar de sacarme la piedra ¿sí? 

Por ahí lo tomó más tranquila. 

El caso es que por eso a ella no le gusta matar, porque es demasiado frágil para el trabajo sucio. Las armas de Nicol son otras: esos ojos brillantes, esa cara de niña, una retórica envolvente, mi fuerza bruta, y su auténtica capacidad para hospedar en el oído las afugias de sus víctimas. Sólo hay que pararles oreja, dice. Reírse de cuando en cuando, y los sujetos se dejan llevar al fin del mundo. Cuando Nicol me leyó la Odisea, enterita, en ese afán suyo de educarme con palabras antiguas, me dijo que ella era como Ulises, los lazos de amarre son su paciencia para aguantar el hambre, y dejar que las sirenas canten hasta caer roncas y vencidas a sus pies. 

Una vez intentamos hacer el amor con el ánimo más honesto de normalizarnos. Imposible. Ni un dedo le entró. Ni esta lengua aguada por el hambre le entró. Su vagina es un animal enfermo de apetito ausente. Pero a mí tampoco me hacen falta esos rituales lúbricos. Desde que probé comer hombres con ella, le entré al celibato con una voluntad de santo. Verla saborearse los huesos con los ojos cerrados, comerse los brazos asados sin quitarles el cuero así la engorde, que para esos placeres es que se mata en el gimnasio y ayuna seis días a la semana. De todas maneras a veces también me asusta. Una vez trajo a uno flaquito de pelo largo. El tipo le contó sus mil y un pesares hasta conmoverla. Entonces Nicol me dijo que quería sentir el pálpito de su corazón en la lengua. Lo acostamos sobre la mesa en posición decúbito supino para hacerle una delicada vivisección. Nos íbamos comiendo órgano tras órgano así vivo, moviéndose, oliendo a cuerpo por dentro. El tipo ni chilló. Iba cogiendo una palidez que enfatizaba la humedad de sus ojos. Con sus pocas fuerzas levantó la mano para coger la de Nicol, y llorando comenzó a besársela, a lamerla, mientras ella se lo comía. Fue la única vez que tuve que ir al baño a vomitar. Me puse verde de celos o de miedo, no sé. Nunca hablamos al respecto, pero ella entendió que a mí los mártires me dan indigestión, y se acabó el gustico por los corazones que palpitan.

El gordo me pregunta inquisitivo que si la comida se demora mucho. Yo, a Nicol, le pregunto lo mismo. Ella mira la hora, dice que unos minuticos más y queda perfecta. Jesús, dame paciencia. Nicol, que es tan leída, que es tan letrada, parece no entender que la principal causa de las peleas conyugales es el hambre. Si yo fuera Ulises, me subiría a la proa con un bate  y les iría partiendo la cara a cada una de las sirenas para comérmelas con limón. Odio escuchar. Sólo quiero comer, quedar ahíto, echarme en mi tierra del Jauja con la nuca en los brazos y mira el cielo de almidón en el que se vuelve esta casa cuando como. A mí no me gusta ponerle cara a la carne. ¿Para qué deprimirse así? Por algo lo primero que machucó Nicol de ese niño fue la cara ¿no? Porque un hombro es igual a otro hombro. Una rodilla igual a otra rodilla. La cara no. Los ojos no. Si uno mira bien los ojos de alguien, se ve a uno mismo distorsionado.

Ahora el gordo cuenta su próximo “proyecto de vida”... Nicol odia la combinación de palabras “proyecto de vida”. ¡Por fin! Ella levanta la cara de la mano, y me dice: amor, la comida ya está lista. Yo saco el tridente del diablo, le meto sus tres dientes por la mollera al gordo lenguaraz, y como que le aflojo algún puente de neuronas, porque él, atontado, trata de quitarse el tenedor, pero no puede, su mano sigue derecho para un lado y para el otro. Nicol aplaude. El perro agita la cola. Y yo digo que voy a ir marinando la ensalada. 

miércoles, 14 de junio de 2023

 

La Obra que Sale Mal

Es una manera de afirmar negando, o de negar afirmando, que el orden de los factores no altera el producto. Verá: entre mejor sale es peor, o entre peor salga es mejor. El ridículo es virtud, y la verdadera virtud se esconde en el defecto, como el esqueleto entre la carne, los nervios, la piel, el vestuario.

Esta obra de entrada descoloca por su paradoja, y cómo nos reímos en el error.

Me identifico en lo absoluto. Allí está el humor. En la obstinación del grupo, entre comillotas, mediocre, tan igual a mí, a tantos, que a pesar de todo, contra viento y marea, levantamos muebles por el centro, ensayamos en las noches tras un día largo de trabajo, nos robamos el vestuario de la mamá, del hermano, para vestir la obra, y hasta hay quienes se buscan, de ser necesario, un permisito médico para capar jornada en eso de ganarse la vida, porque sencillo: el show debe continuar, así toque hacer a Jesucristo con un solo apóstol, porque para los otros once actores no alcanzó el presupuesto.

Qué linda manera de desnudar el mundo desde la risa. En lo personal esto me hace encontrarla muy existencial. ¿Ligera? Claro, no mentiras…  más bien liviana. Aunque no crea, la diferencia es abismal. A lo que voy es que esta obra la encuentro súper profunda, y es un ejemplo claro que la diversión también nos puede hacer navegar en lo más hondo de nosotros mismo. 




martes, 24 de enero de 2023

LA COSSIO DESNUDA, UNA PARÁBOLA SOBRE LA SOBREVIVENCIA

 

Este domingo viendo La Cossio Desnuda en la Maldita Vanidad, seguí confirmando lo grato que es ver a la persona real en escena. Alguna vez le oí a alguien decir: no eres tan interesante para el escenario, haz al personaje. Blá. ¿Qué es el personaje para poder hacerlo? ¿Qué es Hamlet sino un diseño hecho a base de tinta sobre el papel? ¿Dónde, en qué plano platónico, vuelan los personajes como entes para ir a cazarlos en un vuelo creativo y esquizofrénico? El personaje no existe. No así. No hay un Hamlet o un Orgon que ir a buscar por ahí. Hay personas que los hacen, los construyen y en el fondo, lo más interesante son esas personas, más incluso que los personajes. Esta idea tiene un fundamento sólido y simple, y es que el teatro es en todo su sentido humano. Recoge humanos y nos muestra a unos con otros. Y tienen los actores y directores esa magia de ordenar la humanidad en una dramaturgia absoluta (es decir, una dramaturgia de todo el espectáculo), para dignificar la vida por medio de la poética específica de cada obra.

La Cossio, en su humanidad total, es una sinécdoque de nuestro país más pop, un recorrido desde la ingenuidad y pureza de una mujer que, sobreviviendo con optimismo, termina envuelta inocentemente en el mundo del espectáculo colombiano, topándose con un destino que ya la traía fichada: el de la actuación. Sí. El Oráculo, provisto de nuevos medios (por ejemplo, la telenovela de la noche, Francisco el Matemático) le había señalado un derrotero al que ella tenía que llegar por un lado o por el otro.  En alguno de los audios del documental Listen to me, Marlon; la voz de Marlon lanza una reflexión profunda: para él, dice, la actuación es sobrevivencia. Sobrevivir, en su sentido más puro, nos hace actuar. En la Cossio, entre tintes cómicos, apuntes audaces, y una extensa y amorosa burla de sí misma, la actriz hace tangible desde ella misma, desde su humanidad, desde su cara tan sonada en nuestros imaginarios, desde su historia, la veracidad de una afirmación como la de Marlon. Actuar es sobrevivir. Y a sobrevivir sólo se aprende viviendo. La Cossio, al aprender a actuar, sobrevivió a todo, hasta a ese destino trazado por el oráculo cultural que dictaba (¿o dicta?) que la madre en casa para su hija y su marido, y que el pobre trabaja sin tanta expectativa y punto. Menos mal llegó al teatro. Tanto talento y energía derrochado en otras cosas habría sido muy triste.

Antes de irme a seguir mis deberes, otra cosa: cuánto disfruto estas obras que nos narran, que nos revuelven el imaginario inevitable de lo que somos, porque también somos eso: Francisco el matemático, los cielos de Manrique, el rostro de Mónica, la fiebre por salir en televisión, La Cossio, los plásticos que envuelven el cuaderno, la fascinación por la televisión, nuestra farándula, el perrenque paisa por el trabajo. En fin. Sigo insistiendo: qué rico y saludable para la nación, verse a sí misma en el teatro. 



miércoles, 21 de diciembre de 2022

Tiempos de Color Ocre, la pelea contra lo imposible.

 

Hace unos días tuve la oportunidad de ver Tiempos de Color Ocre, la obra escrita y dirigida por Camilo Casadiego y actuada por Yolanda Jimenez y Jorge Molano, dos actores consagrados al teatro durante años. Entonces pensé en la tragedia humana, tácita e inevitable, que es el tiempo. La puesta en escena ejecutada por ambos actores de la tercera edad plantea el problema de frente, desde un casting que tiene las marcas de su paso por ellos; los gestos faciales trazados por el cincel de los años, acentuados con un maquillaje un tanto expresionista, ponen en primer plano esa geografía del tiempo en que nos vamos transformando cada uno de nosotros.

 

El tiempo, gran antagonista de esta historia, sólo se puede combatir desde lo absurdo, lo disparatado y lo poético. De otra manera es imposible: no hay un cuerpo físico con el cuál darse trompadas en medio del hastío. Apenas un algo, sea lo que sea el tiempo, que no se puede tocar, pero que sí nos va moldeando en su acérrima avanzada. Así, la obra es una gran espera cargada de maneras de afrontarla como en Esperando a Godot de Beckett. Formas absurdas: mirar fotos, contemplar por la ventana, recibir a Miedo en la casa, crear frases con chispa o imaginarse algo de comer y comérselo. Pero todo es en el fondo una distracción contra aquello que sigue moviendo su engranaje en el mundo, en sus vidas, y en sus memorias.

 

Ahora bien, la mirada de estos creadores no es tan fatal como aparentan los primeros párrafos de este escrito. Las estrategias contra el tiempo de estos personajes están cargadas de un humor disparatado, incluso optimista, que hace que los espectadores se debatan entre la lágrima y la sonrisa, la ternura y la compasión. Somos testigos del último vestigio de la memoria de dos ancianos que se han quedado solos, y que se aferran a él con el ímpetu juvenil de dos niños. Juegan en esa rivera a punto de secarse. Pero el tiempo sigue corriendo, y con él las consecuencias fatales: la muerte y el olvido, ambas caras de una misma moneda.

 

Por otra parte, la obra afronta desde la periferia de la ficción y el sin sentido, el problema de la soledad de los viejos. ¿Qué ocurre allí? ¿Cuál es la lógica de esas almas longevas, que cada día – y sobre todo desde la pandemia – han ido estando más relegados de la esfera pública? La población mayor fue encerrada en la última habitación de las casas a ver la vida desde la ventana. Una población a la que sin duda, la carrera de la vida tal y como la percibimos hoy, con preceptos recién inaugurados en los que la velocidad, la cantidad y el consumo han se han ganado los primeros eslabones de nuestra escala de valores, cada vez las personas de la tercera edad, por su “inutilidad mercantil” se les ha ido arrojando a la espera del último suspiro. Tiempos de Color Ocre se vuelve en este sentido en un espacio de expresión de otra población marginada, donde recibimos todo un baño poético y potente de vida, por medio de - las más potentes todavía- actuaciones de dos actores con todo el teatro encima, que se juegan la vida, el amor y la memoria en el escenario. 




viernes, 6 de mayo de 2022

 

“HERMANOS”

UNA OBRA QUE HACE JAQUE

 

“Uno sale afectado.
Uno no entiende al principio por qué
y se queda como procesando esto un montón de tiempo
(…) este tipo de teatro y estas piezas
son las que se quedan con uno toda la vida (…)”.

Juana del Río, espectadora de la obra.

 

Hermanos, la última obra de teatro de La Navaja de Okham (LNO) y La Compañía Nacional de la Artes (CNA), no termina de cerrar el telón. Más allá de su temporada y sus aplausos, la tragedia que Miguel y Lucas deben acarrear con su hermano Carlos, no ha parado de hacer estragos dentro de muchos de los que fuimos testigos de la catástrofe en el desván de la casa de Poesía Silva.

Sabemos que el teatro es efímero, pero la expectación de una obra como Hermanos matiza esta obviedad. El acontecimiento teatral es efímero, sin duda, pero el fenómeno de cada obra, no. Por eso hoy, a más de un mes de haberla visto, esta tragedia todavía orbita en mi memoria y habita en mi cuerpo como un virus que activa sus síntomas en los momentos más inesperados de la vida.

En sus clases, la teatróloga Didanwee Kent nos decía que la obras de teatro dejan en nuestra experiencia vivida “repercusiones” a través de sus “resonancias”, lo que me hace pensar que Hermanos no sólo es una buena obra por la calidad técnica de su ejecución, sino por las altas “resonancias” y “repercusiones” que suscita más allá de su tiempo y espacio de representación. Por mi parte, tengo una inquisitiva necesidad de hablar sobre ella, de aprehenderla desde el lenguaje, de desperdigar palabras como semillas en el campo fértil de su inefabilidad, lo cual hace de este escrito una quijotada, al tratar en el de decir lo indecible, de comunicar si no lo incomunicable de esta obra, por lo menos sí mi experiencia con esa parte de ella.

Las maneras hegemónicas de escribir drama nos han enseñado una forma obtusa de verlo como la mera traducción de una idea: “aquello significa tal cosa.” “Tal cosa hace referencia a tal otra…” como si todo el tiempo, las películas o el teatro estuvieran necesitando ser traducidos en un axioma, lema, insight, tagline o incluso slogan. Yo creo como Usigli que hay obras que parten de tesis, y hay tesis a las que se llega con una obra. Las primeras acotan la fábula hacia una única dirección racional, comprueban un axioma, “dejan un mensaje” o moraleja, como pasa con el teatro político o el didactismo de las malas ficciones infantiles. Las segundas, en cambio, empujan la acción hacia una zona oscura de preguntas, donde el espectador no tiene de otra que llevárselas a la casa, a la calle, a la vida, y rumiarlas como las vacas. Las primeras traducen una proposición lingüística en acción, o incluso, si lo ven necesario, sus autores usurpan a sus personajes al final del primer acto o en el desenlace para hacerles decir su “tema o lema”, como ocurre en tanto cine Noir, cuando al final de la película, por orden de producción, un policía tiene que decir ante cámara: “el crimen no paga”. Las primeras son historias de resultado, que se presentan terminadas, culminadas ante el espectador; mientras que las segundas necesitan del espectador para culminarse; por lo mismo, las primeras son placenteras, consumo empaquetado, comida rápida o sopas de Oxxo; mientras las segundas son banquetes que se tienen que digerir mejor y cocinar con cuidado y en equipo, todos como creadores, tanto artistas como espectadores. Las primeras son flojas en intensidad, las segundas resuenan con potencia, quedan como una energía, una fuerza que impacta, una onda dentro de uno. Las primeras tranquilizan, dando una idea que solo hay que aprehender o recibir, así que uno sale tranquilo de la función con la certeza de que “entendió el mensaje”, mientras las segundas frustran, “percuten” como diría mi profesora Didanwee. Del tipo de estas segundas es, precisamente, Hermanos; una obra que incomoda, que ofrece un goce que mina la integridad moral, estética, política, ética e incluso la ciudadanía del espectador. Hermanos es intensa y es sísmica, fricciona las placas tectónicas del alma, agrietándole sus viejas construcciones; y es en esta frustración, en esta incomodidad, donde radica su persistencia. Por eso hoy me pregunto ¿por qué no puedo culminar Hermanos? ¿Por qué no puedo cerrar el ciclo y pasar la página? ¿por qué la obra me sigue hablando aún un mes después? ¿Por qué me empuja a varias direcciones, picando en la nuca como el Tábano de Io? ¿Por qué sigo con Hermanos en esta especie de relación tóxica y no pasa lo mismo con otras obras que he visto? ¿Por qué con esas otras obras he terminado orgánicamente nuestra relación, sin duelos ni reclamos, sin preguntas ni círculos viciosos y con esta no? En todo caso, mi única estrategia viable para salir de este jaque es escribir.

La primera pregunta que me suscitó mi experiencia de la obra, es sobre la relación que uno entabla con el victimario. En esta tragedia se llama Carlos, y es el hermano del medio.  Déjenme contarles un poco de él: “Carlos”, según Wikipedia, significa “hombre libre”, pero a este Carlos preferiría adjudicarle el mote de libertino. Este hermano tiene una pulsión por arruinarlo todo, es un maremoto que destroza y arrastra consigo lo que se le presenta en el camino. Carlos comete un crimen absolutamente atroz y deplorable. Sin duda, si leyéramos un aviso de prensa que informe a rajatabla su crimen, lo repeleríamos, lo insultaríamos, destrozaríamos su nombre en redes sociales, lo identificaríamos inmediatamente con un monstruo. Pero ¿por qué no tenemos esos impulsos aquí? ¿Por qué nuestra reacción ante él no es la de ¡quémenlo vivo!? ¿Por qué nos fascina y confronta, si de antemano sabemos que él es el victimario?

La clave está en su humanidad, de la que lo dota no sólo un estupendo actor, sino una dramaturgia que se encarga de trazarlo en cuatro dimensiones, volviéndolo un personaje absolutamente complejo. Cuando conocemos su vida, su crianza, el castigo del que fue víctima, la modulación conductual que ejerció su padre sobre él, no lo justificamos ni lo perdonamos, por supuesto que no, pero lo comenzamos a contemplar con todo el rigor del alma, desde nuestro intelecto, nuestras emociones y afectos, que es lo que el espectador pone en práctica cuando asiste al teatro. En este sentido la obra es perversa, revolucionaria y atrevida, sobre todo teniendo en cuenta el contexto en el que se presenta: un país herido que ha debido negociar con los victimarios y tramitar sus traumas con el escaso contenido artístico que llega a los ciudadanos, no por falta de creatividad, sino de condiciones sociales para que el arte se extienda a lo largo y ancho de la nación. En un país así, en un ambiente así, es más fácil, viable, incluso seguro para nuestro confort moral y ciudadano lanzar la piedra como Moncho a su profesor en la Lengua de las Mariposas, en una de las escenas del cine más conmovedoras sobre la alienación social. En cierto sentido, la buena intención de quemar la bruja nos aliena del lado de los buenos y siempre, no nos digamos mentiras, es más fácil estar del lado de los buenos. Pero el trabajo del artista, igual que de los intelectuales, no es señalar ni trazar clasificaciones maniqueas, sino complejizar al prójimo, correr los velos del misterio humano para verlo en su desnudez y recordarnos, cuéstenos o no, que el asesino también es el prójimo, que ese otro monstruoso también es humano, y por siguiente, que en él me puedo entender y sentir a mí. ¿O quién sería tan soberbio de decir que no tiene nada de Carlos como de Ricardo III, de Yago o del hijo de Nawal en Incendios? La diferencia entre un villano melodramático y un personaje abyecto trágico está en la humanidad, y en la vulnerabilidad que reconocemos (y nos reconocemos) en él. Sin embargo, no sobra aclarar que nuestro foco de identificación son los otros dos hermanos: Miguel y Lucas. Es decir: contemplamos a Carlos y nos identificamos con Miguel y Lucas, descubriéndolo a través de ellos.

En la dupla Víctima/Victimario, Hermanos se inmiscuye en el espacio que hay entre ambas definiciones, la frontera que une y separa a la vez a la víctima del victimario, ese “/” que yo mismo uso para separarlos caligráficamente, y que viéndolo en la pantalla de mi computador me hace pensar en una zanja negra, un camino oscuro. Es en ese espacio de incertidumbre, en esa frontera carente de luz para definir las formas, donde Hermanos planta el problema. Desde esa zona gris se hace las preguntas esenciales de su historia y su puesta en escena, allí donde el victimario también tiene un revés de víctima que, claro, no es equivalente a la atrocidad de su crimen ni tampoco lo justifica, insisto, pero sí lo vuelve más complejo y revela, de paso, la disfuncionalidad de unas dinámicas familiares que de alguna manera fueron causantes, entre otras muchas cosas, del horror.   

Esta apuesta de LNO y CNA no sólo es humanista y humanitaria, sino política, subversiva y pertinaz. Aquí ya no se trata de juzgar ni de hacer de la obra un tribunal (como hizo la directora en su anterior montaje Edipo o el Crimen), no se denuncia ni se señala: aquel es el que merece el castigo y aquel la reivindicación, no. Con Carlos, Hermanos nos exige una mirada distanciada del verdugo, una mirada respetuosa, horizontal y cívica. Ahora el espectador no está en una altura donde dicta cómodamente quién es el bueno o el malo, sino que ambos, personaje y persona, estamos incómodamente al mismo nivel: el de la humanidad, y en esta condición nos reconocemos vulnerables. En ese sentido es muy valiosa la bifrontalidad de la obra, que nos pone a lado y lado de esta tragedia. Esta bifrontalidad, sin embargo, se transforma. Curiosamente, cuando los personajes se sientan entre nosotros, dejamos de ser un pasillo para volvernos, tanto espectadores como personajes, en un anillo de mirones, reforzando así nuestra igualdad. Esta disposición espacial armoniza con la distancia de la que hablé arriba, la que hay entre nosotros y los personajes, que nos iguala en términos de humanidad, y cumple su función estética en el desenlace final, cuando los personajes tienen que deliberar sobre su destino, construir su propio Fatum. En este momento crucial, la obra nos ha llevado suceso tras suceso al culmen de nuestra función crítica. Nos hemos identificado tanto con Lucas y Miguel, viajando a su lado y descubriendo parte por parte esta tragedia, que terminamos embaucados en un si condicional donde nosotros también tenemos que deliberar. Por eso, una de las preguntas con las que salimos de la función, en las conversaciones de cerveza, es “¿y usted qué habría hecho si fuera su hermano?” En este momento el sistema Hegeliano de tesis y antítesis nos empuja a la síntesis, completándose triunfal  gracias la elaboración de dos posturas igualmente válidas en el nivel de catástrofe, que por lo mismo se anulan mutuamente. En la última réplica de Carlos, cuando se apunta con el revólver en la sien y le pregunta a Miguel ¿qué hacer?, no sólo Miguel es Miguel, todos somos Miguel desde nuestra posición de espectadores deliberantes. ¿Qué deberíamos decirle a Carlos si fuera nuestro hermano?  O ¿Qué debería Miguel pedirle a Carlos? Es decir, tratamos de entender a los personajes desde nosotros, y a nosotros desde el personaje, en un movimiento que supera la expectación intelectual, y que hace de Hermanos una obra con una tremenda contundencia política y moral que acorrala minuto a minuto nuestra imaginación empática para obligarla a realizar una evaluación compasiva de semejante situación tan aberrante, dolorosa, incómoda y sobre todo trágica.

La decisión trágica es una decisión superior, de consecuencias superiores. Afortunadamente esto es teatro y no la realidad. O mejor aún, afortunadamente está el teatro para ejercitar estas deliberaciones antes de ponerlas en práctica en la realidad. Es apenas entendible que la obra siga “repercutiendo” más allá de la función. La encrucijada ética, como dije arriba, sólo nos deja una opción: hablar entre nosotros de lo que vimos, comparar nuestras experiencias, nuestras emociones, sentimientos y racionamientos; hacerle una evaluación ética a la ética misma. Somos críticos en este sentido. Se nos apela en nuestra condición de ciudadanos.

Con lo dicho hasta aquí, vale la pena apuntar que Hermanos es una obra que con-mueve, y no lo digo en el sentido barato de que “enternece” o nos hace “llorar”, sino en el sentido más cabal de la palabra y sus raíces. Hermanos conmueve porque inquieta, mueve, impulsa y excita algo de nosotros que no se reduce a los meros sentimientos. Puede incluso enfurecernos o hacernos com-padecer (como compadecemos a Miguel en su decisión final). Curioso que el prefijo “Com” o “con” (confrontar, compadecer, conflicto, compenetrar, contrariar, etc) significa “juntos”. Así, padecemos junto a los hermanos que deben lidiar con el error de la oveja negra de la familia, el monstruo que a pesar de todo no lo es, ese prójimo embestido de criminal que por ello no deja de ser un continente de humanidad.

Por otra parte, la obra logra un efecto clave para la ficción: hacernos preguntar por las posibilidades. Por eso es importante contradecir aquí lo que he leído en otros comentarios sobre Hermanos, y es que la obra trata sobre el horror de lo ocurrido con Yuliana Samboní. Esta obra no trata del crimen de Yuliana, ni tampoco es una dramaturgia histórica. Es ficción. Pura y dura. No hace recuentos o hipótesis sobre algo que ocurrió sino sobre algo que podría ocurrir, que existe la posibilidad de que ocurra en nuestras familias. No digo que una cosa sea mejor que otra. Hemos visto en nuestros teatros obras que tratan tragedias nacionales recientes con dignidad y belleza, pero en Hermanos la mirada no es retrospectiva, sino prospectiva. No hay un suceso real anterior para entender, sino un futuro de infinitas posibilidades que nos invita a comprender, aunque nunca lo logremos, aunque nos frustremos en el intento, aunque nos duela ese si imaginario que nos situaciona en un ¿qué haría yo si fuera mi hermano el que hiciera esto? Otra de las razones que encuentro por la que tal vez seguimos pensando esta obra más allá de sus funciones.

Ha sido difícil el verme obligado a sacar del tintero otras cosas interesantes de esta obra para escribir. Pero ¿qué le hacemos? Cada decisión implica violencia y esta no iba a ser la excepción. En todo caso, como debo cuidar la extensión de esta crítica, me veo obligado a desechar varios temas que también son muy pero muy interesantes. Y es que eso tienen las buenas obras: que dan para hablar y hablar y hablar de ellas. Sin embargo, trataré de reivindicarme con esos temas dejándolos anunciados, a ver si más adelante me animo a reflexionar sobre cada uno de ellos.  Por ejemplo, me parece de una carne exquisita el tema del fuera de campo en la obra, lo que queda en off, como la violencia, pero también los personajes que no están presentes, entre ellos La Madre, que a mi juicio es la gran antagonista de Hermanos. Es usual que hablemos de nuestra pulsión edípica de matar al padre, pero ¿qué pasa cuando a la que hay que matar es a la madre? En Hermanos el padre está literalmente muerto, de hecho sus hijos vienen del funeral, pero la madre sigue condicionando la catástrofe desde la cama de un hospital, y a una madre no se le mata, todavía no hemos sido preparados para ello, ni estos hermanos aún son lo suficiente adultos para hacerlo.

Otro tema que me queda en el tintero es el de la familia. En un país supremamente tradicional y añejo en cuanto a este tópico, Hermanos entra a deshonrar a padre y madre sin reparo, minando de paso los pilares de una idea errónea sobre lo familiar. ¿A qué nos obliga compartir la sangre?

Finalmente, también estuve a nada de quedarme analizando el texto en sí mismo, a parte de su puesta en escena, por parecerme de una riqueza brutal, con una enorme y prospera tradición dramatúrgica reunida en su ADN.

Sin duda, una de las mejores apuestas de los últimos años en el teatro de nuestra ciudad.



martes, 5 de abril de 2022

“Pies morenos sobre piedras de sal”

Una francesa espera en un desolado cruce de cuatro caminos mientras se ve reflejada en el ojo muerto de un animal muerto. Está en la Guajira y busca a su marido, un colombiano asentado en Francia hace años que decidió devolverse a su país para recorrer las rutas de sal en bicicleta; pero desde que emprendió su viaje -más espiritual que turístico- nadie sabe nada de él. Su esposa francesa lo busca en un mundo absolutamente extraño para ella: el aire seco, la atmósfera abúlica, la geografía desvalida, precaria, estéril; el idioma Wayú, la comida salada, todo es desconocido, contrastante, incluso bárbaro si se mira a través de sus ojos rubios. De esto va la historia de “Pies morenos sobre piedras de sal”. Éste es su cuentico medular. Sin embargo, la dramaturgia no es aristotélica en el sentido más estricto. Otras historias se encuentran para habitar este cruce de  caminos; entre esas, la de la dramaturga colombiana y el músico argentino que desde la distancia (¿tal vez Skype?) construyen la trama de la obra, la historia de la francesa y de los demás personajes. Con esta nueva capa metateatral y autocrítca, el espectáculo se torna híbrido, mezcla de drama y ensayo, posicionando el proceso creativo de la obra al nivel de espectáculo.

Hablar de un trabajo así, tan complejo como hermoso y tan lleno de aristas, no está siendo nada fácil. ¿Por dónde agarro este toro? Amo la dramaturgia, así que intentaré tomarlo de ese lado y ya vemos qué pasa… Una cosa sobre las demás me llama la atención del texto: la dramaturgia de “Pies morenos sobre piedras de sal” hace caso omiso de la tradición dramatúrgica de explicar lo necesario. En esta obra se dice menos de lo necesario, e incluso a veces se oculta, se opaca o se corta. La anécdota de la francesa nos engancha a los espectadores con la expectativa de su viaje (¿logrará encontrar a su marido en el desierto?), pero sobre todo sirve de telón de fondo donde los compositores de este drama reúnen dos mundos contrarios. En este sentido, “Pies morenos sobre piedras de sal” no responde preguntas, sino que fecundiza el terreno para hacerlas. La dramaturga y el músico (el paisaje sonoro es sustancia esencial de esta historia) llegan a sus propios límites estéticos, y se confrontan éticamente con el acto poético de crear. Por un momento, el músico confiesa que no puede, que no sabe qué sonido hacer para la imagen perturbadora de una niña violada.

Al terminar la obra, salí a montar bicicleta un rato y ordenar mis ideas. Tuve una ocurrencia que tal vez se vea descabellada en un escrito así. Pensaba que esta forma de producción de discurso podría equipararse en cine a las películas de Godard. Los mecanismos autoreferenciales se parecen, mezclando el ensayo, la literatura, la asociación sensual y polivalente del sonido con ideas e imágenes, con preguntas éticas y estéticas; y la actitud desafiante y constructiva de los artistas ante las formas tradicionales de hacer teatro.  Hay sin embargo una diferencia imposible de corresponder. Los mecanismos de autocrítica en Godard son, como decía Sontag, festivos, juguetones e impertinentes. En “Pies morenos sobre piedras de sal” en cambio, están permeados por la nostalgia del ido, y la tragedia de un pueblo marcado por la indiferencia, y el asolador paso del conflicto sobre él. La Guajira es una niña loca con una sed incontrolable, un afiche derruido de un político con el eslogan “el progreso comienza contigo”, una Wayú mística e incomprendida, un vigilante hostigado por los calores, un terreno yermo que sólo cosecha botellas de plásticos.

 

24 de febrero de 2020 


Fotografía tomada del facebook de Abra teatro. Fotógrafo: Carlos Mario Lema.