martes, 16 de julio de 2024

Una Idiotez, Ellos lo Saben

Una Idiotez, Ellos lo Saben, la obra que acaba temporada esta semana en la Charlot, es un lujo imperdible para los bogotanos. Este unicornio excéntrico que atraviesa el ecosistema teatral de la ciudad en pleno julio, indeterminado y distinto, es un híbrido de tres nacionalidades, pues el dramaturgo, Philip Löhle, es  Alemán, el director Pablo Flehner es argentino, y el elenco incluye entre sus filas a Karen Sauer, una argentina de ascendencia alemana, que ha decidido a voluntad volverse, también, colombiana.

La premisa de la obra, simple e irónica, es un corte perfecto a la epidermis de la realidad para ver detrás de ella, ¿qué pasaría si su celular fuera una persona, una especie de “asistente”? Lo demás lo dejo a su imaginación, y al poder de su expectativa para convencerlo de que vaya a verla. De esta manera me salvo de la tentación de hacer spoiler. Lo obvio, eso sí, son los temas que inmediatamente asociamos a una premisa tal: la dependencia emocional y funcional por la tecnología, el reemplazo de la inteligencia humana por la artificial que se optimiza minuto a minuto, y lo que más horror me da de esta satírica ciencia ficción de terror: el totalitarismo positivo de la hegemonía de la información.


Una Idiotez es la historia de una invasión positiva. Como Crónicas Marcianas de Bradbury, pero al revés, pues los humanos somos los que estamos siendo colonizados; y con la especie se coloniza su subjetividad, su información, sus hábitos, es decir, su mundo. Lo más siniestro de todo es que esa ocupación no es violenta, ni mucho menos está provocada por un enfrentamiento o una guerra.  Ni explosiones, ni barbarismo. Al contrario, el positivismo de estos seres es ilimitado. Desde el amor, las buenas intenciones, el buen trato, la ayuda incondicional, el obedecimiento, la lealtad extrema, la docilidad, una ingenuidad que raya con lo tierno, estos celulares humanos, o Googles humanos, o asistentes llamados Kwant… (y no pude evitar el spoiler, por Dios…) controlan a los humanos que prefieren vivir en la cueva platónica, confundidos felizmente, jurando que son ellos los que controlan a los Kwant. Una paradoja chocante por lo cercana.

Somos frágiles y fáciles de dominar. Más de lo que pensamos. Bastan un examen conductual de compatibilidad, un poco de cariño programado, el mínimo gesto de cuidado, un acuerdo de términos y condiciones para darnos afecto, un simulacro de protección para volvernos dependientes de algo sin importar que vaya y venga por nuestras esferas íntima y públicas. Es el mismo tipo de dominación que ejerce la publicidad, cuando nos aseguran que “bon yurt” son dos palabras que nos hacen feliz, o que un grupo de científicos preocupados por nuestro placer y bienestar, hicieron un colchón para nosotros, porque somos así de importante para ellos. Tristemente ególatras, y llenos de inconformismos emocionales, somos una especie propensa a obedecer, vulnerable a la ternura, fácil de dominar con la opresión del positivismo y con un poco de acceso a nuestros datos e información. Tanto es así que la nueva clase dominante de los Kwant que se inventa esta ficción, solo quieren ayudar y estar a nuestro servicio (otra genialidad de su dramaturgia). Son hasta ingenuos, infantiles, hablan como muñequitos, tienen esa estética de nana de plástico. En este sentido tiene mucha puntería el trabajo del director con los actores, matizando la interpretación de esta paradoja, creando unos personajes serviles que dominan, y unos “sujetos” humanos que fantasean con dominar mientras son ellos los “sujetos” del contrato, los “dominados”. 

No sé, después de Una Idiotez, creo que la idea del Homo Sapiens está cada vez más mandada a recoger. Habrá qué inventarse otro Homo algo, porque el conocimiento y la memoria humana, como la máquina de escribir, es tecnología del siglo pasado. Lo mismo su capacidad mental de asociación. La internet, google, nuestros avatar, chatgpt 3- 4 y los que vengan, se optimizan minuto a minuto, mientras que a nosotros el tiempo nos envejece hasta la degradación física y mental.

Me parece imposible hablar de esta obra, sin alusiones a otras obras. Seguro es un efecto natural de su estética pop. En cuanto al humor, que es muy negro pero a la vez muy blanco, me hace recordar a los Simpson. De hecho, en alguna de las charladas con otros espectadores, salió a la luz el capítulo de los Homeros clonados. Ese desternillante horror de Homeros ocupando el mundo funciona tan bien por algo esencial, y es que los Homeros no tienen, para nada, malas intenciones ni dobleces. Son cándidos como niños, igual que los Kwant. Por otra parte, el equipo de Una Idiotez se la juega por la invención de un universo extrañado por los tiempos: un pasado futurista, que con una puesta en escena nostálgica y pop se compone – como en un collage a la Hamilton -  del look del retro futurismo setentero que suena como los sintetizadores de Wendy Carlos y luce como la Naranja Mecánica.




En estos días de tanta filosofía pop – no lo digo de manera peyorativa, todo lo contrario – difundida, por ejemplo, en las decenas de libros esclarecedores y acertados de Byung Chul Han, textos cuya lectura nos deja con un sinsabor siniestro, no sobra una dosis de humor para la denuncia, o una dosis de denuncia en el humor. Sí, esta escalofriante parábola anarquista de la pérdida de la libertad, del control, del absolutismo, provoca tantas risas como pensamiento crítico, pues en el fondo es una obra incómoda, en el sentido de que nada queda resuelto en ella. Moraleja no tiene. Tampoco respuestas. Si algo tiene esta obra es una estética que, como la buena filosofía, nos arrastra desde la diversión a dialogar con ella durante la representación y sobre todo después. 

No sobra anotar que la maravilla de elenco está combinado con muchísima creatividad. Actrices y actores honestamente hermosos por sus talentos, cuyas meras presencias en esta historia la hacen única. La elección del casting es inquietante y acertadísimo. ¡Parecen caricaturas, – y pilas que esto tampoco es peyorativo – pincelazos gruesos de algún estereotipo social! 

Si el equipo de la obra lee este texto, quiero mandarles mis respetos, y muchas, muchísimas felicidades. Les deseo miles de funciones más. 

La dirección: loca, inteligente, absurda y con muy buen gusto.

A los actores, me les quito el sombrero: Cielo Ospina, siempre impecable, sorprendente, y muy cómica. Los Juanes: qué delicia verlos actuar. Karen: cada segundo tuyo es un roce de seda. David Mateus, te quise y te quiero de ahora en adelante por este trabajo. Tenés un aura especial en el escenario.







lunes, 6 de mayo de 2024

El Ritual de Cada Viernes







El de hoy es gordo. Buena elección. Perfecta no es, pero en esto es mejor aprender a conformarse fácil. Tiene unos ojitos que dan ganas de chuparlos crudos y escupirlos por ahí para que se los termine el perro. De cuando en cuando me hago detrás de él, empuñando el tenedor, pero Nicol me hace el gesto que tenemos para decirnos “ey, todavía no, espera.” 

Lo maluco sí es escucharlo decir tantas güevonadas. Como bien dicta el proverbio “el pez muere por la boca…” ¿o el refrán? Vaya uno a saber la diferencia entre refrán y proverbio, habría que preguntarle después a Nicol, si es que hay un después, porque esta tortura de oír hablar al gordito estira los segundo como chicles, y siento que la eternidad va a ser el flagelo cíclico de tenerle que parar oreja durante el infinito que dura una noche cuando se tiene la barriga vacía.

Nicol lo mira y lo escucha, lo escucha y lo mira, con una parsimonia cínica. Son las 11. Lo tenemos acá hablándonos de él desde las ocho. El colmo, Nicol, esta me la pagas con creces. El próximo viernes ceno pollo como cualquier cristiano, y la dejo sola en sus aventuras caníbales. Si no puede noquear a otro gordo de un guamazo, que use uno de sus brebajes, o haga la de la otra vez que la castigué, cuando le tocó irse a un jardín infantil, esperar en la entrada a ver cuál era el niño más desahuciado, el más huérfano, al que la mamá lo dejó plantado por andar metida en una rockola, para llegarle con dulces, cogerlo de la mano, llevarlo a un matorral, y noquearlo con una piedra. Cómo sufre Nicol haciendo el trabajo sucio. Llegó llorando a mi casa, contando que al primer rocazo el niño quitó la cara y el golpe le hundió la clavícula. Lloraba Nicol, lloraba el niño, ella le tapó la boca, descargó de nuevo la piedra para darle en la frente y se machucó un dedo. Y lo peor ¡el niño seguía llorando! Un culicagado invencible. Con ese ADN fortalecido con aguapanela, el Al – haya de los pobre. Así que Nicol tuvo que pegarle cuatro veces más. Qué cuatro. Cinco. Seis. Siete. La cara del niño, molida y abierta cual rosa sin espinas, todavía dejaba ver la lengüita vibrando entre la carne, con unos alaridos delatores que por suerte para Nicol nadie escuchó.

Le dio apenas dos mordiscos al lomo crudo del niño por engañar el hambre, por pura necesidad, por pura supervivencia, por lealtad a este rito místico que tenemos de comernos a alguien cada viernes, pero cierto es que el miedo quita el hambre, y el fiambre guarda el miedo; por eso dejó al niño ahí botado, presa dócil para los buitres que al día siguiente fueron con sus cámaras a hacerle fotos y las reprodujeron miles y miles y millones de veces en los titulares de noticias. Nicole estaba ofendida porque en el bajo mundo de la crónica roja, nadie reconoció el crimen como obra y gracia de una mujer, sino de un hombre al que los periódicos llamaron “el monstruo del sur”. Ella estuvo a punto de confesar, de poner un estado en twitter diciendo fui yo, yo lo maté, para comérmelo, pero la convencí de lo contrario. Al fin de cuentas – le dije – nadie te va a creer. Mira esto como una penitencia para vencer tanta vanidad y dejar de sacarme la piedra ¿sí? 

Por ahí lo tomó más tranquila. 

El caso es que por eso a ella no le gusta matar, porque es demasiado frágil para el trabajo sucio. Las armas de Nicol son otras: esos ojos brillantes, esa cara de niña, una retórica envolvente, mi fuerza bruta, y su auténtica capacidad para hospedar en el oído las afugias de sus víctimas. Sólo hay que pararles oreja, dice. Reírse de cuando en cuando, y los sujetos se dejan llevar al fin del mundo. Cuando Nicol me leyó la Odisea, enterita, en ese afán suyo de educarme con palabras antiguas, me dijo que ella era como Ulises, los lazos de amarre son su paciencia para aguantar el hambre, y dejar que las sirenas canten hasta caer roncas y vencidas a sus pies. 

Una vez intentamos hacer el amor con el ánimo más honesto de normalizarnos. Imposible. Ni un dedo le entró. Ni esta lengua aguada por el hambre le entró. Su vagina es un animal enfermo de apetito ausente. Pero a mí tampoco me hacen falta esos rituales lúbricos. Desde que probé comer hombres con ella, le entré al celibato con una voluntad de santo. Verla saborearse los huesos con los ojos cerrados, comerse los brazos asados sin quitarles el cuero así la engorde, que para esos placeres es que se mata en el gimnasio y ayuna seis días a la semana. De todas maneras a veces también me asusta. Una vez trajo a uno flaquito de pelo largo. El tipo le contó sus mil y un pesares hasta conmoverla. Entonces Nicol me dijo que quería sentir el pálpito de su corazón en la lengua. Lo acostamos sobre la mesa en posición decúbito supino para hacerle una delicada vivisección. Nos íbamos comiendo órgano tras órgano así vivo, moviéndose, oliendo a cuerpo por dentro. El tipo ni chilló. Iba cogiendo una palidez que enfatizaba la humedad de sus ojos. Con sus pocas fuerzas levantó la mano para coger la de Nicol, y llorando comenzó a besársela, a lamerla, mientras ella se lo comía. Fue la única vez que tuve que ir al baño a vomitar. Me puse verde de celos o de miedo, no sé. Nunca hablamos al respecto, pero ella entendió que a mí los mártires me dan indigestión, y se acabó el gustico por los corazones que palpitan.

El gordo me pregunta inquisitivo que si la comida se demora mucho. Yo, a Nicol, le pregunto lo mismo. Ella mira la hora, dice que unos minuticos más y queda perfecta. Jesús, dame paciencia. Nicol, que es tan leída, que es tan letrada, parece no entender que la principal causa de las peleas conyugales es el hambre. Si yo fuera Ulises, me subiría a la proa con un bate  y les iría partiendo la cara a cada una de las sirenas para comérmelas con limón. Odio escuchar. Sólo quiero comer, quedar ahíto, echarme en mi tierra del Jauja con la nuca en los brazos y mira el cielo de almidón en el que se vuelve esta casa cuando como. A mí no me gusta ponerle cara a la carne. ¿Para qué deprimirse así? Por algo lo primero que machucó Nicol de ese niño fue la cara ¿no? Porque un hombro es igual a otro hombro. Una rodilla igual a otra rodilla. La cara no. Los ojos no. Si uno mira bien los ojos de alguien, se ve a uno mismo distorsionado.

Ahora el gordo cuenta su próximo “proyecto de vida”... Nicol odia la combinación de palabras “proyecto de vida”. ¡Por fin! Ella levanta la cara de la mano, y me dice: amor, la comida ya está lista. Yo saco el tridente del diablo, le meto sus tres dientes por la mollera al gordo lenguaraz, y como que le aflojo algún puente de neuronas, porque él, atontado, trata de quitarse el tenedor, pero no puede, su mano sigue derecho para un lado y para el otro. Nicol aplaude. El perro agita la cola. Y yo digo que voy a ir marinando la ensalada.