Tiempos de Color Ocre, la pelea contra lo imposible.
Hace unos días tuve la oportunidad de ver Tiempos de Color
Ocre, la obra escrita y dirigida por Camilo Casadiego y actuada por Yolanda
Jimenez y Jorge Molano, dos actores consagrados al teatro durante años.
Entonces pensé en la tragedia humana, tácita e inevitable, que es el tiempo. La
puesta en escena ejecutada por ambos actores de la tercera edad plantea el
problema de frente, desde un casting que tiene las marcas de su paso por ellos;
los gestos faciales trazados por el cincel de los años, acentuados con un
maquillaje un tanto expresionista, ponen en primer plano esa geografía del tiempo en que nos vamos transformando cada uno de nosotros.
El tiempo, gran antagonista de esta historia, sólo se puede
combatir desde lo absurdo, lo disparatado y lo poético. De otra manera es
imposible: no hay un cuerpo físico con el cuál darse trompadas en medio del
hastío. Apenas un algo, sea lo que sea el tiempo, que no se puede tocar, pero
que sí nos va moldeando en su acérrima avanzada. Así, la obra es una gran
espera cargada de maneras de afrontarla como en Esperando a Godot de Beckett.
Formas absurdas: mirar fotos, contemplar por la ventana, recibir a Miedo en la
casa, crear frases con chispa o imaginarse algo de comer y comérselo. Pero todo
es en el fondo una distracción contra aquello que sigue moviendo su engranaje
en el mundo, en sus vidas, y en sus memorias.
Ahora bien, la mirada de estos creadores no es tan fatal
como aparentan los primeros párrafos de este escrito. Las estrategias contra el
tiempo de estos personajes están cargadas de un humor disparatado, incluso
optimista, que hace que los espectadores se debatan entre la lágrima y la sonrisa,
la ternura y la compasión. Somos testigos del último vestigio de la memoria de
dos ancianos que se han quedado solos, y que se aferran a él con el ímpetu
juvenil de dos niños. Juegan en esa rivera a punto de secarse. Pero el tiempo
sigue corriendo, y con él las consecuencias fatales: la muerte y el olvido,
ambas caras de una misma moneda.
Por otra parte, la obra afronta desde la periferia de la ficción y el sin sentido, el problema de la soledad de los viejos. ¿Qué ocurre allí? ¿Cuál es la lógica de esas almas longevas, que cada día – y sobre todo desde la pandemia – han ido estando más relegados de la esfera pública? La población mayor fue encerrada en la última habitación de las casas a ver la vida desde la ventana. Una población a la que sin duda, la carrera de la vida tal y como la percibimos hoy, con preceptos recién inaugurados en los que la velocidad, la cantidad y el consumo han se han ganado los primeros eslabones de nuestra escala de valores, cada vez las personas de la tercera edad, por su “inutilidad mercantil” se les ha ido arrojando a la espera del último suspiro. Tiempos de Color Ocre se vuelve en este sentido en un espacio de expresión de otra población marginada, donde recibimos todo un baño poético y potente de vida, por medio de - las más potentes todavía- actuaciones de dos actores con todo el teatro encima, que se juegan la vida, el amor y la memoria en el escenario.