…Y ahí se originaba la carretera, en la mitad de un llano
seco, árido, inhabitado. El hombre comenzó a andar. Era sencillo: seguir en
línea recta. Sin equipajes ni estorbos, se amarró los cordones de los zapatos y
echó a andar.
Caminó días enteros hasta desfallecer. Entonces se dormía en
cualquier parte. No importaba. Había comprobado ya que nadie más que él andaba
ese camino. No era probable morir aplastado por una tractomula; digamos que el
destino propuesto no acarreaba ningún riesgo. El tiempo ya se había vuelto
inmedible. Siempre era la misma noche la que tenía el cielo, y siempre era el
mismo día. Hasta las nubes – llegó a pensar- hasta las nubes se han vuelto
invariables, congeladas, como si el viento en esta carretera no existiese.
Cierta vez, notó que a su costado había otra carretera. En
un principio, sospechó que aquella corría paralela a la suya, pero a medida que
avanzaba, la otra carretera se iba acercando, y él oteó entonces que alguien
caminaba a lo largo de ella. Pasaron varios días y noches antes de que ambas
carreteras convergieran en un punto, pero finalmente ocurrió. A nuestro
caminante le sudaban las manos y el corazón le golpeaba como un martillo loco
contra la tabla del pecho sólo de pensar que, después de tanto tiempo, tiempo
que para él representaba una vida ( pues poco a poco en su recuerdo no había
más que kilómetros y kilómetros de carretera) iba entablar un diálogo con
alguien. Finalmente apareció en el camino una muchacha. Ambos se quedaron
viendo durante varios minutos, y se fueron acercando lentamente. Él levantó la
mano y dijo hola, y ella también dijo hola. Se sentaron en la mitad de la X que
formaban ambas carreteras atravesadas y compartieron víveres.
-¿A dónde vas?- dijo ella, sorbiendo vino de la botella.
- voy hasta el final de esta carretera.
- y allá ¿qué hay?
Él se tomó el tiempo en pensar una respuesta. Trató de
escudriñar la esencia de su objetivo, de explicar la razón de ser de su
peregrinaje. Finalmente respondió…
-No sé. (pausa) ¿y tú?
-(Otra pausa) tampoco sé.
Esa noche la pasaron juntos. Él supo dormirse en sus
rodillas mientras ella le rascaba la cabeza. Cuando amaneció, ella no estaba.
Él corrió de una orilla a la otra, rabiando, con la cabeza
entre las manos. Le costó varios días en aceptarlo. Se instaló a esperar allí,
en la mitad de esa X de asfalto, el tiempo que fuera necesario. Un día, sin
embargo, logró levantarse, y emprendió otra vez su camino.
Cuando cumplió 25
años de estar andando, se preguntó por qué lo hacía. No sabemos si se detuvo a
pensarlo, pero sí es posible que amenizara su marcha. El cuerpo se iba
encorvando, y las barbas ya se arrastraba deshilachada. Pasaron
otros quince años y el hombre se detuvo un instante. Tomó aliento y se dijo a
sí mismo: “porque es lo que tengo que hacer”. Recuperó fuerzas y siguió
caminando hasta que la muerte lo detuvo. Mientras sus ojos se cerraban, tuvo
dos pensamientos punzantes. En el primero, suponía que tenía los días contados
para llegar al final, pero que por culpa de la muchacha, y el atraso que le
supuso, no lo alcanzó. El segundo fue más bien una duda ¿y si la carretera era
infinita, el encuentro con la muchacha no suponía el punto de llegada?