martes, 26 de julio de 2016

EL CAMINANTE.


…Y ahí se originaba la carretera, en la mitad de un llano seco, árido, inhabitado. El hombre comenzó a andar. Era sencillo: seguir en línea recta. Sin equipajes ni estorbos, se amarró los cordones de los zapatos y  echó a andar.

Caminó días enteros hasta desfallecer. Entonces se dormía en cualquier parte. No importaba. Había comprobado ya que nadie más que él andaba ese camino. No era probable morir aplastado por una tractomula; digamos que el destino propuesto no acarreaba ningún riesgo. El tiempo ya se había vuelto inmedible. Siempre era la misma noche la que tenía el cielo, y siempre era el mismo día. Hasta las nubes – llegó a pensar- hasta las nubes se han vuelto invariables, congeladas, como si el viento en esta carretera no existiese.

Cierta vez, notó que a su costado había otra carretera. En un principio, sospechó que aquella corría paralela a la suya, pero a medida que avanzaba, la otra carretera se iba acercando, y él oteó entonces que alguien caminaba a lo largo de ella. Pasaron varios días y noches antes de que ambas carreteras convergieran en un punto, pero finalmente ocurrió. A nuestro caminante le sudaban las manos y el corazón le golpeaba como un martillo loco contra la tabla del pecho sólo de pensar que, después de tanto tiempo, tiempo que para él representaba una vida ( pues poco a poco en su recuerdo no había más que kilómetros y kilómetros de carretera) iba entablar un diálogo con alguien. Finalmente apareció en el camino una muchacha. Ambos se quedaron viendo durante varios minutos, y se fueron acercando lentamente. Él levantó la mano y dijo hola, y ella también dijo hola. Se sentaron en la mitad de la X que formaban ambas carreteras atravesadas y compartieron víveres.

-¿A dónde vas?- dijo ella, sorbiendo vino de la botella.

- voy hasta el final de esta carretera.

- y allá ¿qué hay?

Él se tomó el tiempo en pensar una respuesta. Trató de escudriñar la esencia de su objetivo, de explicar la razón de ser de su peregrinaje. Finalmente respondió…

-No sé. (pausa) ¿y tú? 

-(Otra pausa) tampoco sé.

Esa noche la pasaron juntos. Él supo dormirse en sus rodillas mientras ella le rascaba la cabeza. Cuando amaneció, ella no estaba.

Él corrió de una orilla a la otra, rabiando, con la cabeza entre las manos. Le costó varios días en aceptarlo. Se instaló a esperar allí, en la mitad de esa X de asfalto, el tiempo que fuera necesario. Un día, sin embargo, logró levantarse, y emprendió otra vez su camino.


 Cuando cumplió 25 años de estar andando, se preguntó por qué lo hacía. No sabemos si se detuvo a pensarlo, pero sí es posible que amenizara su marcha. El cuerpo se iba encorvando, y las barbas ya se arrastraba deshilachada. Pasaron otros quince años y el hombre se detuvo un instante. Tomó aliento y se dijo a sí mismo: “porque es lo que tengo que hacer”. Recuperó fuerzas y siguió caminando hasta que la muerte lo detuvo. Mientras sus ojos se cerraban, tuvo dos pensamientos punzantes. En el primero, suponía que tenía los días contados para llegar al final, pero que por culpa de la muchacha, y el atraso que le supuso, no lo alcanzó. El segundo fue más bien una duda ¿y si la carretera era infinita, el encuentro con la muchacha no suponía el punto de llegada?